Desde el norte entrerriano, el veterinario y productor Osvaldo Ruffini analiza las causas del deterioro del sector ovino y advierte sobre la falta de adaptación frente a los cambios regionales. Propone invertir en genética, mejorar el manejo y apuntar al cordero pesado como base para reconstruir una oferta sostenida de carne.
En un contexto de fuerte retroceso de la producción ovina en la Argentina —marcado por la caída de las majadas, la falta de mercados de referencia y el desaliento de los productores—, el médico veterinario y productor Osvaldo Ruffini advierte sobre la necesidad de un cambio estructural y propone reconvertir el sistema mediante inversión, mejora genética y una estrategia orientada a la producción de carne, con el objetivo de recuperar competitividad y reactivar el sector en Entre Ríos.
“Desde que me recibí estoy con las ovejas en Feliciano y, con los años, me fui dando cuenta de que hay que cambiar, porque todos nuestros países vecinos ya cambiaron. Brasil hace mucho que comenzó; Paraguay, lo mismo; Uruguay sigue haciendo esfuerzos —le cuesta más por su arraigo lanero—, y nosotros quedamos mal, porque el norte del Paralelo 42 quedó descalzado con el tema lana. Y nos morimos ahí: no hubo una reacción del sector —por múltiples causas que sería largo, aburrido y tedioso repasar—; nos quedamos boyando, sin un mercado de referencia porque, cuando muere Avellaneda, ya no hubo más nadie que dijera cuánto vale la carne”, reseñó.
Un sector en retroceso
La consecuencia directa fue la reducción de las majadas, la pérdida de atractivos comerciales para seguir produciendo, el abigeato, los perros, la parasitosis y, sobre todo, el desaliento, lo que generó un círculo vicioso.
A partir de esta realidad, Ruffini vio que en cada crisis hay una oportunidad para arrancar de nuevo y volver a posicionarse. “Capacitándome, viendo y aprendiendo, lo entendí y pude transmitirle esta idea a mi círculo más cercano de productores”, porque “si no se origina la oferta, nunca va a haber nada que arranque”.

La oportunidad de la carne ovina
Hace poco —recordó— hubo una exportación de carne ovina desde Entre Ríos a Medio Oriente. “Le pusieron énfasis, le pusieron ganas, cargaron ovejas viejas y carneros, y circunstancialmente cumplieron con la exportación”, pero la cadena de la carne ovina “está fragmentada” y “los primeros eslabones están en el campo. Hay que comenzar ahí, en el campo, y para eso hay que poner plata”, enfatizó.
“Hay que poner plata porque hay que aguantar el cordero un tiempo más si es que queremos darle valor agregado a la producción y sacar un cordero pesado. No es una gran complicación: hay que ordenarse, acomodar las cosas, trabajar en nutrición y genética —que es una asignatura pendiente— y dejar de hacer carne con las ovejas que tuvimos siempre porque, pobrecitas, sirvieron para una época, pero hoy ya no nos sirven más”, observó.
Genética y cruzamientos: la clave del cambio
Recomendó, asimismo, avanzar hacia un cruzamiento carnicero, para lo cual se necesitan otras razas y armar todo el paquete tecnológico. A diferencia del vacuno, el ovino “arranca más rápido” porque “desde el momento de la inversión al comienzo de la producción es un tercio del tiempo respecto del ciclo completo de la vaca”. “Estamos hablando de ocho meses”, destacó Ruffini.
—¿El productor medio entrerriano está en condiciones de invertir en genética? ¿Tiene espalda?
—Sí, para comprar carneros, sí; es lo menos problemático. Estamos hablando de cruzamientos sobre majadas ya establecidas. El productor, entonces, compra un macho Dorper, Hampshire Down o Texel —que es lo que hay—, y con eso puede comenzar.
En este sentido, Ruffini estimó que ya en el primer año puede haber algunos resultados, pero “si no se quiere arrancar el primer año, porque se considera que primero hay que organizarse un poco, se puede comenzar el segundo año, ya con alguna pastura, asegurando los partos, comprando un Maremmano para que cuide las ovejas y manejando redes eléctricas; es decir, cosas básicas”.

El momento del ovino
Ruffini cree que este es el tiempo del ovino y consideró que, sobre la base del cordero pesado, el sector puede emular lo que hicieron en su momento —con gran éxito— los productores de cerdos. “Pero hay que ponerla (a la plata)”, insistió.
El modelo porcino puede replicarse en el ovino siempre que se aplique tecnología. “Es más: la devolución es más rápida”, resaltó.
La vaca, ejemplificó, en el mejor de los casos, da un ternero por año. La oveja, en cambio, puede dar uno, dos, tres y hasta cuatro corderos. “La raza Santa Inés es una máquina de corderos”, enfatizó.
El desafío del consumo interno
El consumo de carne ovina en la Argentina es muy bajo y, en este sentido, no parece sencillo encontrar la manera de que la población la demande más. La tradición indica que solo hacia fin de año el consumo es sostenido; luego se esfuma.
Ruffini considera que, si los productores se organizan y logran “un doble piso de gordos para salir a ofrecerlo, la demanda puede empezar a crecer”, pero es central “armar la masa crítica para que se sepa que la oferta está y que tenga continuidad”.
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Promoción y cambio cultural
También señaló que hay “que salir desde donde estamos hacia el entorno social y que, por ejemplo, en las exposiciones rurales, en vez de asado de vaca, haya asado de cordero o un plato con una chuleta”.
“La oveja es negocio, pero hay que reconvertirse”, cerró Ruffini.
