Cuestiona la ausencia de pruebas genéticas clave en los protocolos de importación y sostiene que eso permitió el ingreso de animales susceptibles a la enfermedad. La interdicción por dos años y las exigencias sanitarias obligan a reducir el plantel y asumir altos costos para recomponer la actividad.
“Nos cortaron los brazos”, dijo Sergio Taffarel, titular de Cabaña El Luchador, uno de los tres establecimientos interdictados por Senasa a raíz de la detección de scrapie, enfermedad hasta entonces inexistente en el país.
La expresión, semejante a la de Diego Maradona al quedar fuera del Mundial de 1994, denota la desazón de haber quedado “fuera de juego” en el negocio de la genética ovina, al menos por el momento. Pero también apunta a un tercero: el responsable de “sacarlos de la cancha”.
Críticas a Senasa y fallas en los controles sanitarios
“Senasa no nos cuidó ni cuidó el estatus del país”, dijo el cabañero en diálogo con el programa 6AM de AIRE de Santa Fe. La acusación contra el organismo sanitario nacional se fundamenta en que su empresa siguió todos los procedimientos oficiales al importar reproductores desde Paraguay, en los que no se incluyó una prueba clave: el test de genotipificación, que determina si el animal es resistente o susceptible.
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Vale recordar que Argentina perdió el estatus sanitario de “país libre” de la enfermedad, lo que generó complicaciones en el comercio exterior a causa de la detección en ejemplares importados por las tres cabañas (la de Taffarel y dos santafesinas) desde el país vecino.
Importaciones, controles y el origen del problema
“Estamos en esta situación por hacer las cosas como corresponde”, dijo en referencia a los procedimientos de importación que realizó en los años 2021 y 2022, con las correspondientes cuarentenas en Paraguay, los análisis requeridos en origen y la cuarentena en Argentina, con todos los controles oficiales. “Con todas las muestras de sangre que se mandaron al laboratorio de Martínez para hacer todo lo que Senasa exige”, añadió.
Concretamente, consideró que en los protocolos de importación debieran haberse incluido los análisis de genotipificación para determinar la resistencia al scrapie. Citó el caso de Nueva Zelanda, que no tiene la enfermedad y, sin embargo, para exportar exige ese análisis para asegurarse de que los animales son resistentes. “De esa forma, ellos mantienen el mercado de la venta de genética a todo el mundo”.
Consecuencias económicas: dos años de interdicción y pérdidas genéticas
El enojo responde, sobre todo, a que su establecimiento quedó interdicto por dos años y sujeto a un plan de saneamiento muy costoso, que además implicaría una fuerte reducción de su plantel genético y la imposibilidad de comercializar reproductores hasta recuperar el estatus sanitario. Esto, explicó, se lograría conservando solo animales con certificado de resistencia al scrapie luego de realizar los correspondientes análisis.

“Somos unos estúpidos, por no decir otra cosa”. Mordiendo bronca, y luego de aclarar que “no es nuestra forma de trabajar”, dijo que se hubiera evitado este dolor de cabeza haciendo lo que —asegura— hicieron muchos: “pasando los animales en canoa”, en referencia al contrabando fronterizo. “Eso no lo hacemos, no lo hicimos ni lo vamos a hacer”, subrayó.
Luego dijo que en las exposiciones “sabíamos que (algunos competidores) eran de procedencia dudosa y, sin embargo, hoy esa gente no tiene el problema que tenemos nosotros”.
El scrapie clásico, también conocido como “tembladera” por la sintomatología que muestran los animales enfermos, no se transmite a los humanos. Taffarel remarcó esto porque la situación se agravaría si cae el consumo de carne ovina.
Opciones sanitarias y decisiones difíciles
“A nosotros nos afecta muchísimo, porque tenemos el campo interdicto por dos años”, lamentó. Y relató las opciones que les dio Senasa: rifle sanitario sobre todo el rodeo, un despoblamiento paulatino de animales (que podrían enviarse a frigorífico) o el análisis de genotipificación para determinar animales resistentes o susceptibles a la enfermedad. De esta última opción, remarcó: “ahora nos enteramos”.
“Nos cortaron los brazos como cabaña, porque solo podemos vender a faena, pero no reproductores. El valor genético que vamos a perder”, lamentó.
Estrategia para salir adelante: selección genética y costos
El cabañero dijo que, entre las alternativas disponibles, recurrirán a los análisis genotípicos, pero solo sobre una selección de ejemplares con el mayor mérito genético. “Porque todo eso tiene un costo, que es alto, y lo vamos a tener que pagar nosotros”. El resto se enviará al frigorífico.

Según los trabajos científicos disponibles, estos análisis suelen dar 50% susceptible y el otro 50% tolerante. “Ya veremos cuánto nos cuesta para decidir a qué cantidad se lo hacemos, para que nos quede la mitad, y con esa mitad vamos a arrancar de nuevo”.
Optimismo, cuestionamientos y un posible efecto inesperado
“Voy a salir de esta situación, porque el nombre de mi cabaña lo dice…”, sostuvo Taffarel, en referencia a considerarse un “luchador”. Y lo hará junto a toda la familia, como siempre lo hizo.
Firme en su optimismo, Taffarel halló lo bueno entre todo lo malo. A su criterio, con las contrariedades que sufre él y sus colegas, estimó que será muy difícil que otros cabañeros reporten situaciones sospechosas a Senasa. “Ellos dicen que van a obligar a la gente a que diga si tiene casos; con todo este precedente nuestro, ¿quién le va a avisar que tiene un animal enfermo?”, planteó sin rodeos.
Por lo tanto, supuso: “Eso a nosotros nos va a beneficiar porque, quizás, vamos a ser pocas las cabañas certificadas y nuestros animales tengan un valor agregado”.
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“Tengo que encontrar partes positivas; si no, tengo que dejar esto”. Con 30 años en el rubro, Taffarel destacó que fue gracias a los ovinos que “nosotros hemos vivido, nuestros hijos estudiaron y es nuestro principal ingreso; entonces no puedo bajar los brazos”.
