¿Qué lleva a un ingeniero agrónomo que gestionaba 42.000 hectáreas de arroz a cambiar de rumbo? José “Pepe” Fernández repasa el proceso personal, familiar y profesional que lo acercó a la agroecología y la permacultura.
Durante más de una década, José “Pepe” Fernández desarrolló su carrera en una empresa arrocera de gran escala, donde llegó a desempeñarse como gerente técnico. Sin embargo, decidió dar un giro personal, familiar y profesional que lo llevó a alejarse de ese camino. Hoy trabaja en proyectos vinculados con la agroecología y la permacultura, desde donde acompaña a otras personas en la búsqueda de formas de producción y de vida más integradas con la naturaleza.
De gerente de 42.000 hectáreas a replantear su camino profesional
“Estudié Agronomía en la Facultad de Agronomía y Veterinaria de Esperanza, de la Universidad Nacional del Litoral (UNL). Me recibí en 2007 y, poco después, ingresé a trabajar en una empresa arrocera de gran escala en Corrientes, donde comencé como ingeniero junior y fui creciendo junto con la expansión de la compañía”, recordó en diálogo con AIRE Agro.
Su trabajo estuvo ligado al diseño de infraestructura para la producción de arroz, una actividad que requiere grandes obras civiles, con sistemas de riego continuo, estaciones de bombeo, canales y redes de drenaje, entre otras estructuras. “El diseño de las chacras me fue dando muchas herramientas sobre hidráulica, topografía y observación, más allá de toda la tecnología que utilizan estas empresas para planificar cada detalle”, señaló.
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Con los años asumió responsabilidades cada vez mayores hasta convertirse en gerente técnico de una producción que alcanzaba unas 42.000 hectáreas de arroz. Sin embargo, hacia 2020 comenzó una etapa de preguntas y replanteos. Por un lado, el acceso a más información le permitió observar la producción desde otra perspectiva. Por otro, el nacimiento de sus hijas empezó a poner en discusión cuestiones que iban más allá del trabajo.

La pregunta que cambió su mirada sobre los alimentos
“Empecé a preguntarme qué tipo de alimentos quería para mis hijas, para mi familia, para mí y para el mundo”, contó.
Al mismo tiempo, el ritmo que demandaba una operación de esa escala implicaba pasar gran parte de la semana lejos de su casa, en San Javier, Santa Fe. Con dos hijas pequeñas, esa distancia comenzó a pesar cada vez más. La decisión terminó de tomar forma a partir de un problema de salud de su hija mayor.
“Ese día dije: ‘Listo, no me puedo apartar de acá, de mi casa’”, recordó.
Del arroz a la permacultura: libro que marcó un punto de inflexión
A partir de ese momento comenzó un cambio profundo en su forma de entender la producción. El primer paso fue reducir el uso de productos químicos en los sistemas arroceros con los que trabajaba. Esa búsqueda lo llevó a investigar alternativas biológicas y a experimentar con la elaboración de insumos, con resultados que lo convencieron de seguir explorando otros caminos.
Fue en ese proceso cuando entró en contacto con la agroecología. Uno de los momentos que recuerda como un punto de inflexión fue la lectura de La revolución de una brizna de paja, el libro publicado en 1975 por el agricultor y filósofo japonés Masanobu Fukuoka. “Ahí encontré un sentido con mi propio sentir sobre cómo producir alimentos y cuál debía ser nuestra relación con la naturaleza”, señaló.

Ese descubrimiento también lo acercó al mundo de la permacultura, una disciplina que propone diseñar sistemas humanos inspirados en el funcionamiento de los ecosistemas naturales. Desde entonces, orientó su actividad profesional hacia ese enfoque. “Hoy dedico todo mi tiempo, mi energía laboral y gran parte de la no laboral a la permacultura”, resumió.
Un cambio de paradigma en la producción
En ese camino, Fernández encontró en la agroecología una forma distinta de pensar la producción de alimentos, con sistemas que buscan reducir al mínimo la dependencia de insumos externos y fortalecer los procesos biológicos dentro de los propios establecimientos. “La idea es no cambiar solamente el color de las cosas, sino la raíz”, planteó.
A la vez, destacó que esta manera de producir promueve mecanismos de certificación participativa, en los que productores y consumidores verifican de manera conjunta las prácticas que se llevan adelante en cada sistema.
Qué propone la permacultura más allá de la producción de alimentos
La permacultura amplió aún más su mirada. Según explicó, no se limita a la producción de alimentos, sino que propone diseñar hábitats humanos sostenibles a partir de la integración de distintos aspectos de la vida cotidiana.

“Cuando hablamos de permacultura hablamos de producción de alimentos, pero también de construcción, educación, salud, economía, gobernanza y de cómo se relaciona todo eso para construir la vida que elegimos tener”, afirmó.
Kawsay Permacultura: acompañar a otros en la transición
Actualmente vive con su familia en Villa Ciudad Parque, en el Valle de Calamuchita, y desarrolla la mayor parte de sus actividades en la provincia de Córdoba. Allí nació Kawsay Permacultura, un proyecto que se organiza en torno a tres ejes: el acompañamiento de proyectos agroecológicos y biodinámicos, la formación a través de cursos y talleres, y el diseño de permacultura aplicado a lo que denomina “diseño de vida”.
El objetivo es acompañar a otras personas en la búsqueda de una vida más integrada con la naturaleza y alineada con sus propios valores. La iniciativa implica desarmar algunas idealizaciones que suelen aparecer alrededor de estos cambios.

“Muchas veces existe un romanticismo sobre irse a vivir al campo o a la montaña y pensar que todo va a ser maravilloso. Los cambios generan movimientos y, para transitarlos, hacen falta herramientas, voluntad y comprender que los tiempos de la naturaleza no siempre son los tiempos a los que estamos acostumbrados”, reflexionó.
El nuevo proyecto de vida en Córdoba
En paralelo, lleva adelante distintos proyectos productivos. Produce parte de sus propios alimentos, se desempeña como docente de huerta en una escuela Waldorf de Villa General Belgrano y acompaña iniciativas agroecológicas en distintos puntos de la región.
Junto con su compañera, María Virginia Otero, también impulsa La Certeza, un establecimiento de 1.000 hectáreas ubicado en San Luis. El campo combina áreas de monte de caldén con superficies destinadas a pasturas y cultivos de granos, entre los que se destaca el girasol, utilizado para la elaboración de aceite agroecológico extra virgen (de primera prensada en frío).

“Trabajamos de manera completamente agroecológica. Los bioinsumos los producimos nosotros mismos y el rodeo de vacas se maneja con veterinaria homeopática”, explicó.
Formación y una mirada crítica sobre la educación agronómica
Ese cambio de rumbo también estuvo acompañado por un intenso proceso de formación. Fernández realizó cursos certificados de permacultura, un diplomado en permacultura aplicada, la formación para maestros de permacultura y capacitaciones en diseño hidrológico, entre otras instancias.
Parte de ese recorrido se desarrolló en instituciones como la Universidad Internacional de Permacultura (UIP), el Instituto de Permacultura Naluum y el Permaculture Research Institute (PRI) de Australia.
A lo largo de ese camino fue integrando conocimientos provenientes tanto de la educación formal como de experiencias y aprendizajes adquiridos fuera de los ámbitos académicos tradicionales.
“Todas las herramientas que fui tomando me ayudaron a construir una mirada más amplia. Creo que lo importante es poder integrar esos conocimientos sin demonizar ninguna parte”, señaló.
Los desafíos de incorporar la agroecología en las universidades
Esa experiencia también lo llevó a reflexionar sobre la formación de los profesionales vinculados al agro. A su entender, muchos planes de estudio continúan orientados hacia una visión productiva específica y todavía tienen escasa presencia de enfoques alternativos.
“Hoy, la facultad donde estudié todavía no tiene una cátedra de agroecología. Me parece importante que estas discusiones se pongan sobre la mesa y que empecemos a buscar un mayor equilibrio”, planteó.
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Para Fernández, las nuevas generaciones llegan a las universidades con inquietudes diferentes y una mayor sensibilidad hacia temas vinculados con el ambiente y los sistemas de producción.
“Los jóvenes que están entrando hoy ya tienen otra cabeza y otras preguntas. Ahí todavía hay un camino por recorrer”, concluyó.
