Agromandriles: un toque de atención para educar en la filosofía libertaria a los argentinos con problemas de comprensión.
No puedo contener el entusiasmo por el “Súper RIGI” que viene en camino, el cual, tal como adelantó el líder Javier Milei, se “aplicará para sectores que nunca han existido en la Argentina”.
Ya me imagino gran parte del territorio argentino ocupado por refinerías de cobre, fábricas de microchips y circuitos integrados, robótica, data centers de hiperescala e industrias aeroespaciales.
Si para atraer tales inversiones es necesario brindar grandes ventajas tributarias y cambiarias, no me parece mal, porque el costo de no hacerlo implicaría resignar la posibilidad de contar con una nueva fuente de desarrollo económico.
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Ni bien el líder hizo el anuncio en redes sociales, salieron los mandriles del agro a atacarlo para solicitarle que elimine los derechos de exportación agrícolas. Aburren con tanta insistencia.
Si se hubiese eliminado el derecho de exportación del 22,5% sobre el aceite de soja, el precio del biodiésel elaborado con ese insumo agroindustrial hoy sería carísimo y no resultaría factible aumentar el corte del mismo con gasoil para contener el alza del valor del combustible.
No sólo el agro –un gran consumidor del gasoil– habría salido perjudicado, sino también muchos otros sectores de la economía argentina, ya que el combustible tiene un impacto directo en la estructura de costos de múltiples rubros.
Las retenciones, en ese caso, representan una clara ventaja competitiva de la Argentina frente al inesperado escenario de un conflicto bélico entre EE.UU. e Irán, que catapultó los precios internacionales del petróleo.
Aquellos que piden un “RIGI para el agro” deberían contemplar todos los escenarios que tal decisión podría acarrear, no sea cosa que lo que esperan ganar con la eliminación de los derechos de exportación lo terminen perdiendo por mayores costos de labores y fletes.
Además, los derechos de exportación –como algunos erróneamente suponen– no contrastan con los principios de la filosofía libertaria en lo que respecta al concepto de autopropiedad, el cual considera que cada persona es dueña legítima del fruto de su trabajo.
Eso es muy fácil de advertir, por ejemplo, en el caso de la minería, donde el producto generado es consecuencia de un complejo ciclo integrado por la prospección y exploración de recursos en el subsuelo, la construcción de infraestructura destinada a extraerlos, el montaje de plantas de procesamiento y el transporte de los minerales obtenidos.
Diferente es el caso del sector agropecuario, donde el esfuerzo no es íntegramente humano, sino compartido, ya que los vegetales, por ejemplo, no requieren ninguna intervención externa para completar su desarrollo, siempre y cuando, por supuesto, dispongan de acceso a tierra, luz solar y agua.
El factor humano resulta indispensable en términos de diseño agronómico, pero la planta crece por sí misma hasta la cosecha, independientemente de las eventuales ayudas que reciba en materia de control de malezas, plagas o enfermedades.
La intervención humana es clave, pero los vegetales hacen gran parte del trabajo con sus propios medios, lo que contrasta con otras actividades económicas que no tienen tanta suerte y, por lo tanto, deben recibir un trato correspondiente al esfuerzo realizado.
Tales cuestiones, si bien pueden resultar un tanto lejanas para el público promedio argentino, deben ser remarcadas con cierta regularidad para dejar en claro que el esquema tributario vigente no es producto de un capricho, sino la consecuencia de un análisis geoestratégico y conceptual debidamente instrumentado por las mentes más brillantes del país.
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Continuemos, cada uno en su lugar, con la enorme labor que tenemos entre manos en materia de docencia libertaria, y no nos dejemos doblegar por los socialistas envidiosos que fustigan contra aquellos que lograron prosperar económicamente, más allá de cuál sea su posición en el gobierno, ya que el crecimiento patrimonial nunca debe ser analizado de manera aislada, sino considerando siempre el valor generado en la cruenta batalla cultural que estamos librando. ¡Qué los éxitos sigan llegando en cascadas! ¡Viva la libertad, carajo!


