Un equipo de la Universidad Nacional de Villa María trabaja en estrategias para rediseñar los espacios de transición urbano-rural, incorporando biodiversidad, regulación hídrica y corredores biológicos dentro de la planificación urbana.
¿Es posible diseñar sistemas donde el periurbano no sea el escenario de conflicto entre el campo y la ciudad? Desde la Universidad Nacional de Villa María (UNVM), un equipo de investigación evalúa estrategias para repensar estos espacios de transición como paisajes integrados, donde la naturaleza no solo amortigüe impactos sobre el ambiente y las personas, sino que además aporte servicios ecológicos y sociales.
Ana Guzmán, ingeniera en Ecología y doctora en Ciencias Geológicas, integra el Centro de Estudios de Ordenamiento Ambiental del Territorio del Instituto de Ciencias Básicas y Aplicadas de la UNVM. Desde 2013, estudia estas zonas donde conviven lo urbano y lo rural, analizando usos del suelo, vegetación nativa y alternativas para integrar producción, ambiente y planificación urbana.
Entre 2020 y 2021, en el marco de un programa del Ministerio de Agricultura y Ganadería de Córdoba (actual Ministerio de Bioagroindustria), el equipo trabajó en nueve localidades de la provincia, entre ellas Laboulaye, Colonia Italiana, Corral de Bustos, General Deheza y Adelia María. “Evaluamos los usos del suelo en esos espacios de transición urbano-rural, los relictos de vegetación nativa y el diseño de los espacios verdes dentro de las localidades”, explicó. El objetivo era evitar una mirada dicotómica entre campo y ciudad, en una provincia donde muchos municipios incluyen áreas rurales dentro de su jurisdicción.
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A partir de esos diagnósticos, analizaron cómo incorporar corredores de vegetación nativa dentro del diseño urbano, conectando espacios verdes existentes con relictos de vegetación nativa donde aparecen especies como chañares, algarrobos y talas, teniendo en cuenta su rol ecológico y social. En Villa María, esos relictos corresponden a pequeños fragmentos del Espinal que quedaron dispersos dentro del periurbano y representan menos del 3% de la superficie original del ecosistema dentro del radio municipal.

Además, contemplaron la problemática en torno de estas zonas de transición, donde los municipios establecen áreas de exclusión para la aplicación de agroquímicos. Según Guzmán, en muchos casos esos campos dejan de utilizarse con fines productivos y terminan transformándose en loteos urbanos. A medida que la ciudad avanza sobre esas tierras, las nuevas viviendas vuelven a quedar próximas a áreas rurales en producción. Eso obliga a crear nuevas franjas de restricción más alejadas del ejido urbano y desplaza el conflicto desde la jurisdicción municipal hacia sectores provinciales ubicados en la periferia.
Frente a ese escenario, comenzaron a explorar alternativas productivas para estas áreas. En Jovita, por ejemplo, trabajaron junto a productores para evaluar opciones compatibles con las restricciones vigentes, como cultivos de servicio y cortinas forestales.
Biodiversidad como parte del diseño
El equipo avanzó en el uso de indicadores para evaluar la cantidad y distribución de espacios verdes. En Villa María, encontraron que, aunque la ciudad posee numerosos sectores verdes, muchos son pequeños o están desigualmente distribuidos, lo que limita su capacidad para absorber agua, regular temperatura y sostener biodiversidad. En Villa Nueva, en tanto, gran parte de los espacios verdes se concentra alrededor del parque principal.
Frente a ese modelo, el equipo propone incorporar corredores biológicos que integren árboles, arbustos y vegetación herbácea para aumentar la biodiversidad y generar áreas de amortiguamiento ecológico dentro de las ciudades. En este sentido, destacan el uso de especies nativas, que requieren menor mantenimiento y generan condiciones más favorables para la fauna local.
“Estos servicios ecológicos empiezan a amortiguar riesgos”, indicó. Por ejemplo, las lagunas de retención y pequeños cuerpos de agua con vegetación pueden favorecer la presencia de especies que contribuyen al control biológico dentro de las ciudades. “Cuando esos lugares tienen agua y biodiversidad, aparecen golondrinas”, ejemplificó, y subrayó que un solo ejemplar de esta especie puede consumir casi mil mosquitos por día.
También se valora el aporte de árboles altos, como los eucaliptos, que sirven de refugio para aves rapaces, y animales como la comadreja, otro controlador biológico relevante en entornos urbanos. En ese sentido, remarcó que las ciudades necesitan una mayor diversidad de espacios verdes y no únicamente sectores de césped corto, sino corredores biológicos capaces de sostener mayor diversidad de fauna y vegetación.
Cómo se distribuyen los espacios verdes
Actualmente, el equipo trabaja en un nuevo estudio que analiza la distribución espacial de los espacios verdes a partir de radios construidos desde la plaza fundacional de cada localidad. El objetivo es evaluar cómo se distribuyen estos ambientes y qué nivel de acceso tiene la población.

A partir de ese análisis, observaron que Villa María posee barrios sin espacios verdes, mientras que en Villa Nueva más del 90% de la superficie verde relevada se concentra en apenas dos espacios. En localidades más pequeñas, en tanto, predominan las plazas principales como único espacio verde urbano.
En cambio, General Deheza, posee bulevares que fueron transformados en espacios verdes con bancos, juegos y sectores de uso público, integrados a un parque de mayor tamaño. “Lograron distribuir estos espacios verdes en distintos sectores de la localidad”, destacó. Una situación similar identificaron en San Francisco, aunque con nuevos barrios y loteos que todavía presentan déficit de infraestructura verde.
El trabajo incorporó además los espacios periurbanos y los manchones de vegetación nativa, tanto de pastizales como de macizos vegetales, para analizar cómo se articulan las ciudades con el entorno rural. En Villa María, el periurbano representa cerca del 77% de la superficie municipal e incluye fragmentos remanentes del Espinal mezclados con áreas transformadas y vegetación exótica.
A partir de ese relevamiento, el equipo analizó cómo estos parches podrían conectarse con espacios verdes urbanos y corredores vegetales dentro de la planificación territorial.
Hacia ciudades verdes
Estas prácticas forman parte de una transición hacia modelos urbanos —o ciudades verdes— que incorporan criterios ambientales dentro de la planificación. “Muchas veces las ciudades se diseñan con modelos estancos”, señaló Guzmán, sin considerar variables como el régimen de lluvias, los vientos o el comportamiento del agua en cada territorio.
En ese marco, se destaca el concepto de infraestructura verde, con herramientas orientadas a mejorar la gestión hídrica, reducir la impermeabilización y aumentar la biodiversidad urbana. Entre ellas aparecen el arbolado, los corredores biológicos, las terrazas verdes y sistemas de drenaje que permiten gestionar el agua de lluvia. Eso implica incorporar áreas absorbentes, franjas vegetadas y pavimentos permeables que favorezcan la infiltración.
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Algunos de estos estudios ya comenzaron a traducirse en políticas concretas. En Villa María, el trabajo junto al municipio derivó en una ordenanza para la zonificación diferenciada en función al suelo, donde se determinó que los lotes debían ser más grandes y con menor superficie construida. Además, la normativa estableció áreas naturales y zonas específicas para la producción, respetando los usos actuales del periurbano.
