Al frente de un pequeño tambo familiar en Empalme San Carlos, produce unos 1.200 litros diarios junto a su madre y su hermano. Entre ordeñes, terneros y trabajo cooperativo, reivindica el rol histórico de las mujeres en la lechería y la vocación que sostiene la vida rural.
Heredera de un linaje tambero que iniciaron sus antepasados suizos cuando llegaron para fundar las colonias agrícolas en torno a Esperanza, a mediados del Siglo XIX, Miriam Foliano vive por y para sus vacas en Empalme San Carlos.
Con el amor por los animales y la pasión por producir como motores, sostiene uno de los miles de pequeños establecimientos lecheros que existen en la provincia de Santa Fe junto a su madre, María Guadalupe, y su hermano Rodolfo.
Con 1.200 litros de leche diarios, que produce con 65 vacas en ordeñe, mantenerse en la actividad es difícil “si no tenés vocación por el campo y amor por las vacas”, aseguró al programa 6AM de AIRE de Santa Fe.
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La rutina de un tambo familiar en Empalme San Carlos
Miriam nació y se crió en el campo. “Hace varias generaciones que la familia está acá, desde la fundación de Esperanza; mi bisabuelo lo heredó de su padre”, cuenta sobre los orígenes del establecimiento «La Gabriela».
El trabajo cotidiano se organiza en familia. Ella ordeña junto a un empleado y su madre se encarga de las tareas administrativas, aunque cuando es necesario también colabora con el ordeñe.
“Trabajando todos juntos”, resume la productora. Y aunque reconoce que la actividad atraviesa momentos difíciles, asegura que abandonar nunca fue una opción. “Muchos te dicen por qué no lo cerrás, sobre todo ahora que el precio de la leche no es negocio. Pero tambo que se cierra no se abre más”.
La rutina de cada jornada empieza cerca de las cinco de la mañana con el primer ordeñe. Después llegan el lavado, la atención de los terneros en la guachera y las tareas del campo: trasladar rollos, correr boyeros eléctricos, controlar los animales para evitar empastes. Por la tarde, tras un breve descanso, todo vuelve a empezar con el segundo ordeñe. “Y después siempre hay algo por hacer”, dice.

Todo ese esfuerzo cotidiano, que se inicia antes del amanecer, tiene recompensas. Una de ellas es ver cómo mejora el rodeo con los años. “Cuando vos inseminaste una vaca y te nació ese ternero y lo ves crecer, cómo mejora el animal… esos son los momentos que te da el tambo”.
Mujeres que escribieron la historia del tambo «La Gabriela»
Si hay algo que define la historia de «La Gabriela» es el papel que han tenido las mujeres en la familia. Generación tras generación, ellas estuvieron al frente de muchas de las tareas clave del establecimiento.
Su madre es el ejemplo más cercano. A los 77 años todavía vuelve a la fosa de ordeñe cuando el empleado falta. “Ella toda la vida ordeñó”, dice Miriam con orgullo.
La tradición viene de mucho antes. “Para mis abuelas las vacas también eran su pasión. Y asimismo sus madres también, una pasión que viene heredada desde Suiza”. Algunas incluso elaboraban sus propios quesos con la leche del tambo.

Las enseñanzas de esas mujeres se transmitieron con el ejemplo. “El esfuerzo que hicieron mis antepasados, desde aquellos que se vinieron de Suiza sin nada… uno ve todo lo que trabajaron para llegar a tener lo que nos dejaron”.
También recuerda las condiciones mucho más exigentes de otros tiempos. “Desde los que ordeñaban a mano, después con la ordeñadora pero en un balde que había que acarrear… uno ya pasó todas las etapas”.
La relación con los animales también forma parte de esa tradición. “Uno los cría de chiquitos y los conoce”, explica. En otros tiempos cada vaca tenía nombre. “Es la que te da de comer, la que te mantiene”.
Por eso el tambo no tiene feriados. “No hay domingo ni descanso”, dice, aunque admite que el gusto por la vida rural siempre pesó más que el sacrificio. “Cuando terminé la primaria muchas opciones no había, pero a mí me gustaba quedarme en el campo”.
Una tradición cooperativa que sigue vigente
Además de su trabajo en el establecimiento, Miriam participa activamente en el movimiento cooperativo lechero. Integra el directorio de la Cooperativa Ltda. de Tamberos El Molino, con sede en Esperanza.
En los últimos años, observa, la presencia femenina en estas entidades ha crecido. “Ahora hay más mujeres”, señala. Incluso la cooperativa tiene por primera vez una presidenta. Desde su experiencia, asegura que el género nunca fue un obstáculo. “Nunca hubo diferencias en ese sentido”.
Algo similar vivió durante su paso por la Asociación Unión Tamberos (AUT). “Éramos iguales, un trato común; ni preferencias ni dejarnos de lado”, recuerda.
Para ella, la explicación es simple: la participación femenina en la lechería siempre fue importante. “Creo que es así en toda la zona, porque la mujer en el tambo tiene mucha participación, más que en agricultura y ganadería”.

De hecho, destaca que la “mano femenina” suele marcar diferencias en tareas clave. “Es muy importante en el trato de los animales, para ordeñar y sobre todo para atender a los terneros en la guachera”.
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Miriam no tiene hijos. Los posibles herederos del establecimiento son sus cuatro sobrinos, aunque todavía no está claro si alguno continuará la tradición familiar.
Mientras tanto, ella sigue cada día con la misma rutina que aprendió desde chica: levantarse antes del amanecer, preparar el ordeñe y recorrer el campo donde creció. Porque, como dice al hablar de su vida en el tambo, “para uno el campo es todo”.
