Agromandriles: un toque de atención para educar en la filosofía libertaria a los argentinos con problemas de comprensión.
Esta semana, el gobierno del líder Javier Milei consiguió otro logro trascendental: el lanzamiento del “Corredor Andes-Atlántico”. Se trata de una iniciativa que busca conectar las zonas mineras del noroeste argentino y las petroleras de la región patagónica con los puertos del Atlántico mediante inversiones en ferrocarriles, vías navegables, puertos, oleoductos e infraestructura de generación y transmisión de energía.
Se prevén inversiones por hasta 7.000 millones de dólares a partir de financiamiento provisto por la Corporación Financiera de Desarrollo Internacional de Estados Unidos (DFC), el Banco de Exportación e Importación de Estados Unidos (EXIM) y la Agencia de Comercio y Desarrollo de Estados Unidos (USTDA), así como del sector privado estadounidense.
Como era previsible, aparecieron los mandriles de siempre a empañar tan importante noticia, asegurando que el gobierno más importante que tuvo la Argentina en los últimos cien años no tiene planes para incentivar inversiones en un sector tan estratégico como el agroindustrial.
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Es evidente que existe un problema de comprensión de textos, porque las inversiones anunciadas provendrán de Estados Unidos, ya que el Estado nacional argentino tiene como meta prioritaria mantener el equilibrio fiscal, previo pago de los intereses de la deuda intrasector público, que en agosto pasado fue de apenas 1.354.793 millones de pesos.
Antes de preguntarse qué puede hacer el gobierno por mí, lo correcto sería cuestionarse qué puedo hacer yo por el país. Y eso mismo es lo que han estado haciendo las corporaciones petroleras y mineras al conseguir sponsors que promuevan el desarrollo nacional.
Es muy fácil quejarse y pedir y pedir. Pero, si cambia la música, resulta indispensable cambiar el paso. Los empresarios agropecuarios deben entender que la función central del Estado no es proporcionar servicios que pueden ser provistos por el sector privado, porque eso colisionaría con los principios fundamentales de la filosofía libertaria.
Si, en lugar de reclamos, pusieran la cabeza a trabajar, aparecerían seguramente soluciones acordes a la época. Por ejemplo: imagino cortinas forestales gigantescas colmadas de árboles de pistacho que contribuyan a atraer inversiones provenientes de Medio Oriente en autopistas y terminales portuarias, las cuales estarían destinadas a abastecer a fábricas elaboradoras de chocolate Dubái.
No se puede pedir, en lo que respecta a la región pampeana, que tales recursos aparezcan en Estados Unidos, porque esa nación, faro de la libertad, es competidora de la Argentina en ese rubro.
Es necesario pensar de manera diferente. En estos momentos, las denominadas “tierras raras” representan un factor estratégico en materia geoeconómica. ¿Quién dice que, haciendo una prospección profesional, un productor no pueda encontrar itrio, lantano, prometio o terbio en su establecimiento?
Así como el propio gobierno nacional ha sabido encontrar los sponsors adecuados para hacer a la Argentina grande de nuevo, el sector agroindustrial debe llevar a cabo la misma tarea. No sirve de nada quedarse de brazos cruzados a la espera de soluciones que no van a llegar.
Por supuesto: esa consigna solo debe aplicarse al mundo libre, ya que recurrir a naciones comunistas, como China, implicaría ceder soberanía ante un país gobernado por valores contrarios a los estándares sobre los cuales se fundó la civilización occidental.
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La Argentina está atravesando un momento histórico, pero no podemos pedirle todo al Estado, que bastante trabajo tiene ya con la intervención virtuosa del tipo de cambio. Cada uno debe hacer su parte. Sigamos con nuestro trabajo evangelizador. La batalla cultural es una tarea cotidiana. ¡Viva la libertad, carajo!

