Agromandriles: un toque de atención para educar en la filosofía libertaria a los argentinos con problemas de comprensión.
Las informaciones difundidas sin un análisis apropiado que brinde contexto pueden terminar transformándose en desinformaciones que contribuyan a confundir a la población.
Esta semana se conoció el dato oficial del Producto Bruto Interno (PBI) de Brasil, que creció un 2,3% en 2025 respecto del año anterior gracias al impulso del sector agropecuario, que experimentó una suba interanual del 11,7%.
Como no podía ser de otra manera, la entidad gremial que representa al agro en Brasil (CNA) indicó que el sector se consolidó “como el principal impulsor de la expansión del PBI del año 2025, en un contexto de moderación del consumo de los hogares y una desaceleración de la inversión productiva”.
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“Sin el crecimiento de la actividad agropecuaria, el PBI de Brasil habría crecido sólo un 1,5%, lo que significa que el agro fue responsable de un tercio de la expansión económica del país ese año”, añadió.
Ciertamente se trata de una gran noticia, pero un país que quiera considerarse medianamente serio no puede congratularse con el hecho de sustentar su desarrollo en una actividad que depende de la lluvia. Resulta escasamente razonable.
La prosperidad de una nación debe independizarse de la impredecible suerte del pronóstico climático, para lo cual los incentivos deben estar alineados con aquellas actividades que puedan desarrollarse por sus propios medios y sin condicionantes de orden atmosférico.
Si el clima acompaña —como sucedió en el presente ciclo 2025/26 con el trigo argentino—, bienvenido sea ese aporte para contribuir al crecimiento de la economía. Pero no tiene sentido ayudar a un sector que no puede garantizar una oferta constante de producto.
Esta es la parte del artículo en la cual los mandriles señalan que EE.UU. concede cantidades gigantescas de subsidios a sus “farmers”, sin comprender que el país más importante del mundo puede darse el lujo de hacer eso al contar con un sistema financiero sólido que desparrama riqueza por todos los rincones de su vasto territorio.
En la Argentina, en cambio, el sistema financiero es minúsculo y se requiere un gran trabajo para transformarlo en el sostén de la economía, algo que inicialmente demanda la indispensable ayuda del Estado para que luego sea el sector privado el que tome la posta.
En ese contexto, la elevada carga de intereses que está abonando el Estado nacional no debe interpretarse como una sangría de recursos, sino como una inversión estratégica orientada a construir un esquema de desarrollo sostenible y duradero.
El mismo concepto se aplica al Régimen de Incentivos para Grandes Inversiones (RIGI), que acaba de ser prorrogado por un año más para promover inversiones en los sectores hidrocarburífero y minero.
¿Para qué seguir impulsando, como hace irresponsablemente Lula en Brasil, la producción agrícola —lo que deprime los precios de los granos— si el mundo necesita de manera creciente combustibles para trasladar portaaviones y minerales para fabricar misiles? La política económica no puede quedar en manos de improvisados.
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Tenemos por delante un horizonte de crecimiento como nunca antes se ha visto en el país, y los propios argentinos deben ser los primeros convencidos de esa oportunidad histórica, convalidándola no sólo en las urnas, sino también llevando sus dólares a los bancos y a las Alyc. La demostración de confianza debe ser total. ¡Viva la libertad, carajo!



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