Un estudio del INTA Rafaela detectó altos niveles de contaminación bacteriana en muestras de once establecimientos de la cuenca lechera santafesina. El hallazgo advierte sobre su impacto en la supervivencia de los terneros y el futuro productivo de los tambos.
En la cuenca lechera santafesina, los resultados de un estudio realizado por el INTA Rafaela entre 2021 y 2024 encendieron las alarmas en el inicio del eslabón primario.
El trabajo, publicado en la Revista Argentina de Producción Animal, analizó 171 muestras de calostro en once tambos y encontró que más del 70% superaban los límites internacionales de contaminación bacteriana. Los coliformes promediaron 123.694 UFC/mL y los mesófilos, 1,7 millones, cuando los estándares recomiendan no superar las 10.000 y 100.000 UFC/mL, respectivamente.
“Los calostros analizados poseen elevados recuentos microbiológicos, representando un problema crítico en los tambos santafesinos”, concluye el paper científico, que advierte sobre el impacto directo en la absorción de inmunoglobulinas y la supervivencia de los terneros.
La higiene, una práctica básica que marca la diferencia
En diálogo con AIRE Agro, Nicolás Welschen, investigador del INTA, ofreció información para entender mejor el cuadro. “Ordeñamos a la vaca en la fosa, no limpiamos las pezoneras, no hacemos nada, total esa leche no va a la industria. El calostro de la ubre sale limpio, pero se contamina en el camino”, relató.

Esa falta de higiene se traduce en diarreas con sangre en terneros de apenas 48 horas de vida. “El patógeno entra a la misma velocidad que la inmunoglobulina”, señaló, y subrayó que la mortalidad temprana está directamente asociada al calostro contaminado.
El problema no es solo técnico, sino también estructural. “El tambero usa el freezer de su casa para guardar el calostro. Estamos hablando de tambos de 200 vacas. No hay freezer para calostro, no hay descongeladores automáticos y los pasteurizadores son muy pocos”, señaló Welschen.
La inversión en equipos es mínima y los créditos, según el investigador, están mal orientados. “No den créditos para comprar vaquillonas que después se mueren y todavía no se terminaron de pagar. Dirijan los créditos a mejorar la maternidad, al acceso a pasteurizadores y a estructuras móviles de crianza artificial”.
La falta de espacio e infraestructura también afecta a los terneros
La precariedad se refleja también en el manejo del preparto. “La mayoría de los campos que visitás tienen el mismo pedazo de hectárea usado hace 40 años como preparto, con los bebederos fijos y las vacas echadas sobre la parva de bosta y orina. El ternero se levanta y mama de un pezón contaminado”, describió el investigador.
Frente a esa escena, comparó: “Queremos hacer lo mismo que países que crían a los terneros en un hotel de lujo y nosotros los tenemos en un galpón, tirados, con suerte”.
La resistencia antimicrobiana aparece como un riesgo paralelo. “Al tener todo sucio, recurrimos indiscriminadamente al uso de antibióticos y eso nos interesa desde INTA porque vemos lo que es el concepto de una salud. Los terneros nuestros están muriendo de enfermedades que se curan con higiene”, insistió Welschen.

La falta de infraestructura básica se suma a la rotación de personal en los tambos, lo que dificulta sostener prácticas correctas. “La gente no tiene agua caliente para bañarse en la casa, menos para descongelar calostro. La permanencia de los empleados es baja, hay mucha rotación”, explicó, en referencia a las dificultades para sostener las metodologías de trabajo.
En tanto, no hay un reemplazo inicial del calostro con productos en polvo. Estos deben entregarse luego de las primeras tomas y su preparación también requiere elementos básicos, como agua de calidad, termómetros e implementos limpios.
La alta mortalidad complica la reposición de hembras
El estudio científico aporta datos y los testimonios ponen en contexto la situación. La mortalidad promedio en los sistemas de crianza artificial ronda el 10% en la región, un número que compromete la reposición de hembras y la competitividad internacional de la lechería argentina.
“Si vamos a trabajar con calostro forzado, no descuidemos la higiene ni el tiempo de permanencia del ternero en el preparto”, resumió Welschen.
Sin cambios en el manejo del calostro, la cuenca santafesina seguirá enfrentando pérdidas que erosionan la base productiva del sector.
Además, el investigador advirtió sobre la necesidad de repensar el vínculo con el consumidor. “Se está instalando la idea de no forzar tanto la naturaleza, de dejar al ternero con la madre. Pero eso requiere espacio y manejo, no se puede copiar por la mitad. Si lo dejamos en un preparto reducido, el riesgo de contaminación es enorme”.
A partir de experiencias locales con vacas nodrizas y de sistemas neozelandeses que asignan más de 100 metros cuadrados por vaca en el parto, Welschen sostuvo que “son ejemplos que muestran que se puede, pero requieren planificación”.
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El planteo del INTA expone que la sobrevida de los terneros depende menos de grandes inversiones que de prácticas básicas de higiene y organización. La ciencia aporta los números y los testimonios muestran la realidad de los tambos. La calidad del calostro no es un detalle técnico, sino un factor que incide en la supervivencia de los terneros y en la competitividad futura de la lechería santafesina.
