Agromandriles: un toque de atención para educar en la filosofía libertaria a los argentinos con problemas de comprensión.
Esta semana quedó claro lo equivocados que están aquellos que aseguran que el gobierno de Javier Milei no tiene una agenda propia para el sector agropecuario.
“Todos hablamos del potencial de la energía y la minería, pero pocos reparan en la extraordinaria reacción de nuestros productores agropecuarios a las bajas de impuestos que hemos hecho a las exportaciones (retenciones) e importaciones (aranceles a bienes de capital, herbicidas, equipos de riego, permiso para importar maquinaria usada, etcétera)”, aseguró el ministro Luis “Toto” Caputo en redes sociales.
“Así, subió fuertemente la inversión y la producción apunta a una cosecha récord para este año. Nuestras estimaciones son que, en un escenario conservador, las exportaciones aumentarían en 3.700 millones de dólares con respecto al año pasado”, remarcó.
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El potencial de la energía y la minería, es cierto, está en gran medida potenciado por el Régimen de Incentivo de las Grandes Inversiones (RIGI), que incluye importantes beneficios impositivos, aduaneros y cambiarios.
En lo que respecta al agro, no solo no tiene RIGI, sino que, además, debe hacer frente a derechos de exportación. Pero los productores siguen invirtiendo porque entienden que no pueden aflojar en la batalla cultural que estamos librando. Alguien tiene que generar los dólares necesarios para que funcione la economía.
El líder, créanme, quiere eliminar los derechos de exportación, pero no lo hace porque sabe que una acción de esa naturaleza no traería beneficio alguno a los empresarios agrícolas; quizás hasta sea contraproducente.
Los arrendamientos agrícolas, que representan la mayor parte del costo de producción, se negocian en quintales de soja por hectárea, producto que actualmente tiene un derecho de exportación del 24,0 % del valor FOB.
Como los demás granos tienen una alícuota sustancialmente inferior (8,5 % el maíz y el sorgo, 7,5 % el trigo y la cebada y 4,5 % el girasol), entonces la reducción del valor de los alquileres (o del costo de oportunidad de la tierra) representa un subsidio indirecto para producir cereales y girasol, entre otros cultivos, que es abonado por el propietario del campo.
Son pocos los que advierten que se trata de una política agropecuaria especialmente diseñada para promover rotaciones agrícolas que contribuyan a conservar la salud del suelo, además de propiciar la diversificación de la matriz agroexportadora.
Si se eliminasen de inmediato las retenciones, los precios de los granos subirían, pero mucho más lo harían los valores de los arrendamientos, provocando un desequilibrio estructural en términos tanto agronómicos como comerciales. Y nadie sensato quiere eso.
Además, en un escenario de eliminación de retenciones, los mayores ingresos obtenidos por los propietarios de campos podrían volcarse hacia el mercado de inmuebles rurales, lo que agravaría el problema.
En términos conceptuales, tal dinámica implicaría fomentar la vagancia en lugar del mérito, algo que contrasta con el espíritu de la filosofía libertaria, que está —como bien ha explicado Manuel Adorni en reiteradas oportunidades— fundamentada en la posibilidad de hacer uso pleno de los recursos obtenidos con el esfuerzo propio.
Por otra parte, sin retenciones agrícolas, las provincias de base agropecuaria experimentarían un incremento desproporcionado de la recaudación en concepto de Ingresos Brutos e Impuesto Inmobiliario Rural.
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Para que tales recursos no se empleen de manera indebida, sería necesario neutralizar la voracidad fiscal de los gobernadores irresponsables y encontrar algún mecanismo que permita al Estado nacional cobrar impuestos a los propietarios de campos para que los recursos se usen con fines estratégicos, como es el caso de los viajes internacionales, indispensables para seguir posicionando a la Argentina en el mapa mundial.
Es crucial que los productores, incluso los más impacientes, comprendan que todo lo que hace el gobierno es por el propio bien del agro argentino. Y aquellos que así no lo entiendan seguramente lo harán con el tiempo y, quizás, también con la ayuda de las fuerzas del cielo, que para la campaña 2026/27 ya concedieron una fase “El Niño” bien llovedora de agua y de divisas. ¡Viva la libertad, carajo!

