Agromandriles: un toque de atención para educar en la filosofía libertaria a los argentinos con problemas de comprensión.
Qué maravilla la demostración de fuerza y magnanimidad realizada esta semana por el líder Donald Trump en China. Qué oportuno que la Argentina se haya alineado con el mejor país del mundo. Y que dolor de cabeza tener que hacer negocios con los resentidos de los europeos.
Faltan pocos meses para que entre en vigencia el reglamento 1115 de la Unión Europea, que determina que a partir del 1 de enero de 2027 no podrán ingresar a su territorio productos agroindustriales provenientes de zonas que hayan sido deforestadas luego del 31 de diciembre de 2020.
Para poder seguir enviando harina de soja y carne vacuna a la UE-27, los exportadores argentinos tuvieron que armar una compleja plataforma (Visec) que brinda registros trazables de los productos desde el campo hasta el puerto, algo que, si bien es técnicamente factible, representa un proceso tan tedioso como oneroso.
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Es evidente que, en este caso, la falta de coordinación entre las naciones que integran el Mercosur nos salió muy caro, porque tendríamos que haber implementado una “política espejo” para contrarrestar las exigencias del reglamento 1115 de la Unión Europea.
Existen en el ámbito del Mercosur grandes técnicos con capacidad para generar regulaciones ambientales tan complejas como difíciles de implementar, pero, como la mayor parte trabaja en organizaciones no gubernamentales financiadas por naciones europeas, no es posible pedirles ayuda. Perdimos, hace rato, a las mejores cabezas en lo que respecta a esa materia.
En el ámbito público regional no abunda la materia gris, pero eso no debería representar un problema, porque muchas de las regulaciones espejo que podríamos exigir a los europeos fueron creadas por los propios europeos, como es el caso de la normativa sobre nitratos, que busca impedir que ese componente de fuentes agropecuarias contamine las aguas subterráneas y superficiales.
Así, por ejemplo, al momento de tener que importar un queso o una botella de vino de la UE-27, el Mercosur debería pedir a los exportadores una constancia trazable de la presencia de nitratos en cuerpos de agua y napas freáticas en los predios en los cuales se elaboró tanto la materia prima como el producto final; también en las zonas de almacenaje, ya que estamos.
Además de determinar zonas con riesgo bajo, intermedio y alto de nitratos, deberíamos también exigir que los productos en cuestión provengan de establecimientos que limiten de manera adecuada el uso de estiércol como fuente de nutrientes, algo que, si bien puede sonar romántico, representa un riesgo biológico si no se realizan las obras de infraestructura correspondientes.
En tales situaciones, para poder autorizar el ingreso del producto proveniente de la UE-27, deberían geolocalizarse las lagunas anaerobias y facultativas en el establecimiento, de manera tal de poder contar con la certeza de que los desechos animales son procesados correctamente.
Nos falta, ciertamente, una legión de burócratas bien pagos y con gran tiempo libre, como la presente en Bruselas, para poder pergeñar exigencias tan absurdas como las solicitadas por la Unión Europa, pues no puede calificarse de otra manera la necesidad de garantizar, por ejemplo, que un campo de la llanura pampeana argentina deba probar que es “libre de deforestación”.
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Los casos de bullying comercial pueden resolverse por medio del diálogo, que es lo que Trump demostró esta semana en China. Lo de los europeos no puede ni siquiera calificarse como hostigamiento, porque las elucubraciones regulatorias que diseñan representan auténticos obstáculos para promover el comercio. No nos dejemos amedrentar. No merecemos ser tratados como parias. Organicémonos para defender lo nuestro ¡Viva la libertad, carajo!


