Agromandriles: un toque de atención para educar en la filosofía libertaria a los argentinos con problemas de comprensión.
Esta semana se realizó en la localidad cordobesa de Leones la Fiesta Nacional del Trigo, y era esperable que todo fuese festejo y alegría. Ya no existen cupos de exportación. Las retenciones sobre el cereal se redujeron del 12,0 % al 7,5 %. Se logró una cosecha histórica de 27,8 millones de toneladas y la oferta exportable prevista alcanza un récord de 17,5 millones. Comenzamos a exportar trigo a China. En fin, todas buenas noticias.
Sin embargo, no faltaron los mandriles de siempre, quienes, en lugar de alegrarse por los logros conseguidos por el líder Javier Milei, prefieren quejarse; algo que, si fuese una instancia previa de un proceso de mejora continua, tendría sentido, pero no es el caso.
Mientras algunos productores señalaron que los precios del trigo son muy bajos y que los descuentos por factores de calidad son enormes, los molineros hicieron lo propio, remarcando que los niveles generales de gluten en la presente campaña son paupérrimos.
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Si bien las condiciones climáticas del ciclo 2025/26 favorecieron rendimientos extraordinarios —que tendieron a licuar los tenores proteicos de las partidas recolectadas—, buena parte de la responsabilidad recae en quienes no fertilizaron adecuadamente sus cultivos.
Si le hubiesen hecho caso al economista libertario Federico Domínguez, habrían ganado un dineral haciendo tasa en pesos con títulos del Estado nacional. Con esos recursos podrían haber comprado el fertilizante necesario. O bien seguir haciendo carry trade y olvidarse del fertilizante y del trigo. No hay que enamorarse de las postales rurales, sino de las oportunidades de negocios.
Los cambios culturales, como el que está atravesando la Argentina, requieren una adaptación equivalente por parte de los actores sociales, quienes deben evaluar alternativas con mayor detenimiento y profesionalismo; se acabó el tiempo de los improvisados.
Ya no se trata de definirse como “productores agropecuarios”, sino como “agentes del cambio”. El arraigo a la tierra no tiene por qué transformarse en un impedimento para convertirse en un financista del gobierno libertario, que sabiamente ha sabido recompensar a sus acólitos monetarios con tasas de retorno imposibles de igualar en cualquier negocio lícito.
¿Para qué producir tanto trigo, que se está exportando a precios ridículamente bajos, cuando gran parte de esos recursos podría haberse destinado a financiar la batalla cultural? Ya no existe manera de revertir lo hecho, pero ténganlo en cuenta para el futuro.
En cuanto a las malas relaciones de precios entre cereales y fertilizantes, los argentinos siempre se quedan en el reclamo; parecen incapaces de imaginar instancias superadoras.
Aprendan de los europeos, quienes esta semana habilitaron un mayor uso de estiércol ante la progresiva reducción de las importaciones de gas natural ruso, insumo clave para la elaboración de fertilizantes nitrogenados.
Son tan espabilados que hasta le pusieron un nombre elegante al asunto: Renure, sigla de Recovered nitrogen from manure o, en castellano, “nitrógeno recuperado del estiércol”. Además, remarcaron que el fertilizante biológico “reducirá los costos para los productores” al aumentar “la autonomía estratégica del sector agropecuario de la Unión Europea (UE-27) mediante la reducción de su dependencia de los fertilizantes importados”.
Qué genialidad. Hasta hace algunos años andaban persiguiendo productores para reducir el número de cabezas bovinas y ahora vanaglorian los desechos animales para evitar una implosión de los rendimientos agrícolas. Tenemos mucho que aprender de semejante nivel de bestial pragmatismo.
Deberíamos hacer algo similar en la Argentina y colocar en los paquetes de fideos secos etiquetas verdes con la leyenda “alimento elaborado con economía circular”, un concepto que los consumidores aceptarían de buen grado por su asociación con el cuidado ambiental. Aunque, ciertamente, habría que ser muy cuidadosos al momento de realizar videos virales para explicar de qué se trata la cuestión.
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En definitiva, tenemos que abandonar la “cultura de la queja” y ponerle ganas y entusiasmo a lo que hacemos, más allá de cuál sea nuestro lugar. Solo así lograremos hacer a la Argentina grande de nuevo. ¡Viva la libertad, carajo!


