La Argentina estuvo otra vez en una final del Mundial. Esa gran alegría esta semana estuvo empañada por un suceso desafortunado, en el cual algunos jugadores de la selección desplegaron una bandera con la leyenda “Las Malvinas son argentinas” y esa imagen recorrió el mundo a través de las transmisiones televisivas y las redes sociales.
El Gobierno argentino y el estadounidense, junto con la FIFA y el FBI, habían acordado prohibir el ingreso al estadio Mercedes-Benz Stadium de Atlanta con banderas que reflejasen mensajes de odio o contenido político
Por si quedaba alguna duda, la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, había aclarado que “las Malvinas son argentinas es un mensaje político”. Una consigna muy fácil de cumplir.
La Argentina, con un cupo extraordinario conseguido este año por el líder, está exportando volúmenes récord de carne vacuna a EE.UU. Se trataba de una oportunidad única para desplegar una bandera con la consigna “Carne argentina: la mejor”.
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El hecho de que los jugadores de la selección sean tan bien parecidos incluso habría permitido generar múltiples interpretaciones sobre ese mensaje publicitario para potenciar la “marca” argentina a una escala global.
Sin embargo, se optó por llevar adelante una argentinada. Además de entorpecer las negociaciones diplomáticas con el Reino Unido, el episodio puede encender de manera irresponsable sentimientos pseudo-patrióticos que entorpezcan el proceso de recuperación de la economía argentina.
El presidente Milei se ha mostrado confiado en que la Argentina logrará recuperar la soberanía sobre las Malvinas y tenemos que confiar en su criterio, especialmente porque la clave del asunto es la dinámica temporal de los sucesos.
En la actual coyuntura, el hecho de que los ingleses sigan ocupando las islas representa una ventaja estratégica para las cuentas fiscales del Estado argentino, que está realizando grandes esfuerzos para mantener el superávit.
Mantener un tráfico fluido con las islas con la misma profesionalidad y eficiencia con la cual el gobierno garantiza la transitabilidad de las redes viales en el continente puede resultar extremadamente oneroso. No podemos dejar de tener en cuenta esa circunstancia. Apresurarse puede resultar contraproducente.
Es cierto que la administración británica de las islas está promoviendo un aprovechamiento exhaustivo de los recursos naturales presentes en la zona a través de contratos de explotación con empresas pesqueras, pero ese evento no debe ser interpretado como un acto de “piratería” –lenguaje propio de personas irresponsables que ponen en peligro el alineamiento del país con el mundo civilizado–, sino como una “avanzada” comercial, ya que ese negocio será heredado por la Argentina cuando logre recuperar la soberanía sobre las islas para así poder implementar derechos de exportación sobre el sector pesquero malvinense, que actualmente en el continente se ubican en un rango del 5% al 9% del valor FOB.
Esperemos que, en algún momento, los argentinos logremos aprender la lección y podamos comportarnos de manera apropiada en cada escenario. Los jugadores deben ocuparse de jugar, que lo hacen muy bien, sin inmiscuirse en cuestiones ajenas a sus atribuciones, ya que, además de reclamos diplomáticos, pueden despertar pasiones desenfrenadas que resultan perjudiciales en momentos en los cuales las energías de la población deben estar focalizadas en conseguir dos o tres trabajos adicionales para poder abonar los intereses de las deudas con tarjeta de crédito. Sigamos trabajando para impulsar el cambio cultural. El país nos necesita ¡Viva la libertad, carajo!



