En un lote del sur santafesino, un productor obtuvo rindes de entre 178 y 185 quintales por hectárea en una campaña marcada por el estrés hídrico de enero. La combinación de genética, perfil de suelo y manejo agronómico ajustado explicó un resultado que superó ampliamente el promedio nacional de maíz.
En plena zona núcleo, donde los altos rindes de maíz forman parte del paisaje habitual, un lote de apenas 10 hectáreas terminó cambiando la estrategia de un productor con más de tres décadas de experiencia.
Fernando Llobet, agricultor de Elortondo, en el sur de Santa Fe, había decidido incorporar un híbrido nuevo sobre una pequeña superficie de un campo ubicado sobre la Ruta 33. La apuesta era medida: comparar sin comprometer demasiadas hectáreas. Pero al final de la campaña, ese planteo quedó corto frente a los números obtenidos.
“El 7765 le ganó por unos 8 quintales”, resumió el productor, después de cerrar rindes de entre 178 y 185 qq/ha, con un promedio cercano a los 182 quintales. En términos productivos, el dato tomó relevancia porque el rendimiento promedio nacional de maíz en la campaña 2025/26 se ubicó entre 76 y 79 qq/ha, según estimaciones de la Bolsa de Comercio de Rosario.
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Un planteo que combinó genética y manejo
La experiencia se desarrolló en un lote de 50 hectáreas. Allí, Llobet sembró 10 hectáreas con el nuevo híbrido NS 7765 VIPTERA3 y mantuvo el resto con el AX 7761 VT3P que ya venía utilizando de manera estable campaña tras campaña. La intención inicial era evaluar comportamiento y potencial dentro de un ambiente de alta productividad.
Sin embargo, el resultado final terminó destacando no solo por el rinde alcanzado, sino también por el contexto climático en el que se produjo. Enero dejó apenas 15 milímetros en gran parte del sur santafesino, justo en un momento sensible para el cultivo.
Pese a ese escenario, el maíz logró sostener altos niveles de productividad. Según explicó el productor, una de las claves estuvo en las reservas acumuladas en el perfil del suelo gracias a las lluvias registradas entre agosto y octubre. Esa disponibilidad hídrica previa permitió amortiguar el impacto del déficit durante el período crítico.
A eso se sumó un manejo agronómico orientado a maximizar estabilidad y potencial: rotación sostenida entre trigo, maíz y soja; escarificado previo para corregir compactación; fertilización ajustada al ambiente y control temprano de malezas. “Fue una suma de cosas que se hicieron bien”, señaló Llobet.

Un ambiente de alto potencial, pero sin margen para errores
El lote donde se realizó la experiencia pertenece a un ambiente considerado de alta calidad productiva dentro de la zona núcleo, sin limitantes físicas importantes y con varios años de manejo agrícola sostenido. Aun así, el productor remarcó que alcanzar esos rindes no depende de un único factor.
Con más de 30 campañas atravesadas, Llobet sostiene que cada ciclo obliga a revisar decisiones y ajustar estrategias. Por eso, aunque destacó el desempeño del nuevo material, evitó hablar de recetas universales. “Cada lote tiene su historia y cada campaña plantea un escenario distinto”, afirmó.
La genética detrás del resultado
Recién después de la cosecha, el híbrido NS 7765 VIPTERA3, desarrollado por Nidera Semillas, empezó a ganar más espacio dentro de la planificación del establecimiento.
Según anticipó el productor, la superficie destinada a este híbrido crecerá en la próxima campaña, aunque sin abandonar el material que venía utilizando como base estable del planteo.
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“Este año voy a aumentar la superficie con NS 7765 VIPTERA3”, adelantó. Al mismo tiempo, aclaró que el AX 7761 VT3P sigue siendo “un híbrido muy difícil de reemplazar” por su estabilidad productiva.
