Emprendedores santafesinos desarrollaron esta tecnología junto a un equipo de investigadores y con apoyo de laboratorios del ecosistema científico, entre ellos el INTA Rafaela. En ensayos preliminares, el producto mostró reducciones de hasta 95% en las emisiones de metano y mejoras en la eficiencia alimenticia que permiten mantener el rendimiento del animal con menor consumo de ración.
Una startup santafesina trabaja en el desarrollo de un aditivo alimenticio para rumiantes que apunta a resolver una de las principales ineficiencias de los sistemas ganaderos: la pérdida de energía del alimento en forma de metano durante la digestión.
El producto actúa sobre determinadas bacterias presentes en el rumen que generan ese gas —uno de los principales gases de efecto invernadero asociados a la ganadería— y que, al mismo tiempo, implican una pérdida energética para el animal.
“Vimos que el metano funciona casi como una enfermedad dentro de la vaca, porque lo produce una bacteria”, explicó Lucía Belga, CEO de Agrosintex, en diálogo con AIRE Agro.
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Al inhibir esos microorganismos, el aditivo permite que una mayor proporción de la energía del alimento sea aprovechada por el animal, mejorando la digestibilidad y la eficiencia alimenticia.

“Es un microorganismo que hace que la vaca termine comiendo más de lo que realmente necesita. Al inhibir esas bacterias empezamos a ver que había una mejora en la digestibilidad y en la eficiencia alimenticia”, señaló.
Los primeros resultados en laboratorio muestran un potencial significativo: en condiciones controladas el producto logró reducir hasta un 95% las emisiones de metano generadas durante la digestión.
Además del impacto ambiental, el desarrollo busca generar beneficios productivos concretos. En ensayos iniciales con bovinos de carne, el equipo observó mejoras en la conversión alimenticia.
“En vacas de carne vimos una mayor ganancia de peso. En algunos casos, un animal que sin nuestro aditivo consumía alrededor de 14 kilos por día podía mantener su rendimiento con 12 kilos”, explicó Belga.
Esto implica una reducción en el consumo diario de alimento sin afectar el crecimiento del animal, lo que mejora directamente los costos productivos.
El aditivo se incorpora en proporciones muy bajas dentro de la ración. El equipo comenzó trabajando con niveles cercanos al 1% de la dieta, pero logró reducir esa participación hasta 0,1%, lo que facilita su aplicación en distintos sistemas productivos.
De proyecto académico a startup
El desarrollo comenzó como un proyecto experimental entre investigadores que estaban finalizando sus doctorados. El punto de inflexión llegó cuando la Universidad Austral de Rosario —donde estudiaba Belga— abrió una incubadora para vincular ciencia y negocios. Actualmente Agrosintex está integrada por Belga (CEO), Fernan Gizzi (CTO) y Gonzalo Martínez Peralta (COO).

Durante 2024 el equipo realizó numerosas entrevistas con ganaderos para validar el problema y ajustar el enfoque del proyecto. “Durante ese año todo era más por pasión que por un negocio concreto. Hicimos muchísimas entrevistas con productores para entender si el problema realmente existía”, explicó Belga.
Ese diálogo con el sector también dejó una conclusión clave: la adopción tecnológica depende directamente del impacto económico. “Si no hay una ganancia económica clara, nadie adopta la tecnología”, resumió.
La lechería fue uno de los casos más claros. Según Belga, en ese sistema la alimentación representa casi tres cuartas partes de los costos productivos, lo que vuelve muy sensible cualquier cambio en la dieta. “Cerca del 70% de los costos se va en alimentación. Si a un productor le decís que tiene que aumentar ese costo con un suplemento, directamente no lo compra”, señaló.
Ensayos a campo y trabajo con INTA
Tras varios años de desarrollo en laboratorio, la empresa comenzará ahora los primeros ensayos en condiciones productivas reales. Las pruebas se realizarán en establecimientos ubicados en Lincoln (Buenos Aires) y Misiones. “Tenemos todo validado en laboratorio con vacas controladas, pero el gran desafío es ver qué pasa en el campo”, explicó Belga.
En paralelo, la startup consolidó un vínculo con el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) de Rafaela, donde funciona Incuva, un espacio dedicado a incubar proyectos biotecnológicos. Allí el equipo realiza parte de sus procesos de formulación y experimentación.

La empresa no cuenta con un laboratorio propio y optó por utilizar infraestructura compartida dentro del ecosistema científico y emprendedor. Además de INTA Rafaela, Agrosintex accedió a Lucky Labs en Buenos Aires tras ganar una competencia vinculada a proyectos climáticos y recientemente ingresó al laboratorio de incubación de la Bolsa de Comercio de Rosario.
“Montar un laboratorio propio es carísimo y termina siendo un activo inmovilizado que tarda mucho en recuperarse”, explicó Belga. Actualmente la capacidad productiva disponible permitiría abastecer aproximadamente a 5.000 vacas por mes. A futuro, el modelo de negocios podría incluir acuerdos con empresas productoras de alimentos balanceados para licenciar la tecnología o vender el aditivo para que sea incorporado en sus formulaciones.
Productores ganaderos como inversores
Para avanzar hacia la etapa de escalamiento, la startup abrió una ronda de financiamiento por 400.000 dólares. En una primera etapa busca captar 100.000 dólares, principalmente de productores ganaderos que puedan actuar como inversores ángeles.
“La idea es que los primeros inversores sean productores ganaderos. No solo por el capital, sino porque pueden probar el producto y darnos feedback directo”, explicó Belga.
El equipo se preparó para ese proceso participando este año en un programa de formación para emprendedores en Uruguay. “Participamos de Drapers, que es como un colegio de emprendedores inspirado en Silicon Valley. Estuvimos en Punta del Este en enero y ahí aprendimos cómo armar una ronda y cómo presentar el proyecto ante inversores”, contó.
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Mientras avanza la búsqueda de capital, la empresa también organiza una red de ensayos con productores que cuentan con estructuras técnicas propias. “Trabajar con establecimientos grandes que tienen su propio veterinario y sistemas de alimentación es ideal para nosotros, porque podemos administrar el producto y monitorear los resultados”, explicó.
El objetivo es avanzar desde la validación técnica hacia una validación comercial de la tecnología. “La idea es que no solo se nos vea como una tecnología para reducir la huella ambiental, sino también como una herramienta para mejorar la rentabilidad de una industria tan importante para Argentina”, concluyó Belga.
