La historia de Rocío Acosta, una mujer tambera que vive el trabajo diario con pasión, compromiso y un vínculo profundo con las vacas. En el Día del Tambero, un retrato íntimo de la rutina, el esfuerzo y el amor que sostienen al tambo argentino.
Hoy, a las cuatro de la mañana, como todos los días, Rocío Acosta estaba en la fosa ordeñando vacas. Por la tarde, a las 16 o 16.30, volverá a hacerlo, desarrollando la característica rutina de la lechería que ella disfr que la conecta con los animales y que le permite desarrollarse.
Una rutina que empieza de madrugada y se repite todos los días
Nacida en Gálvez, hoy con 38 años, si bien sus padres se desempeñaron en tambos cuando era chica, fue su relación con Fabián —siempre vinculado al sector— la que, a los 17 años, la devolvió al tambo, ya con plena conciencia de una actividad que abraza este 23 de febrero, Día del Tambero, como cada jornada.
Mamá de Maximiliano, recuerda que “cuando mi hijo tenía cuatro años nos dieron un tambo para nosotros. Éramos muy jovencitos, pero teníamos la experiencia de mi esposo y yo iba aprendiendo a la par de él. Hacía los trabajos típicos que hacen las mujeres, más que nada el tambo y atender los terneros. Pero, en sí, la mujer tambera siempre hace lo que sea, lo que salga en el momento, una ayuda”.
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A veces ayudando en el tambo, su hijo, hoy de 21 años, trabaja en una fábrica de chacinados cercana, aunque siempre está detrás de “los fierros” del campo.
Apasionada por las tareas, cuenta que “hasta ahora, lo único que no he hecho es desmalezar; después, lo demás lo hago todo: manejar tractor, inseminar —aprendí, hice un curso—. Una va aprendiendo estando en el ambiente, en el campo. De repente aprendés a detectar celos, te das cuenta si una vaca no está bien de ánimo, si está enferma, si se aparta”.

Pasión por el tambo y una vida en familia
En medio de un proceso biológico que se repite todos los días, explica: “Mi día como mujer tambera comienza de madrugada. Nos levantamos los dos juntos, hacemos el tambo, volvemos a la casa, desayunamos y después vienen los trabajos con los terneros. Yo los tengo con estaca, después una pequeña recría. Más tarde, las tareas del hogar y, a la tarde, nuevamente el tambo. Pero siempre ayudo a juntar algún boyero; hoy secamos vacas, apartamos vacas. El tambo tiene eso: siempre te sorprende con algo, nunca te deja aburrir”.
Desde hace tiempo trabaja, y muy a gusto, en un tambo de San Jerónimo Norte, en el límite con Santa María Norte, donde ordeñan 85 vacas y obtienen unos 2.100 litros diarios. No lo duda: “Estamos súper bien, felices con esta tarea, porque al que está en el tambo le gusta. Si no, es difícil de soportar: es una disciplina, es todos los días, para no tirar la toalla”.
La producción primaria más fundamental tiene relación directa con “la pasión por las vacas, por los terneros, por la vida de campo y por la vida en familia. Eso es lo que también tiene el tambo: es una vida muy familiar, y eso ayuda mucho a poder llevar adelante todo”.
Sobre su vida cotidiana, agrega: “Mis patrones vienen invirtiendo mucho en el tambo. La rutina nos lleva una hora y media a toda máquina. Por eso, cuando pienso en tecnología, pondría retiradores automáticos, porque trabajé en un tambo grande que los tenía y funcionan muy bien. Pero más que eso no, porque yo no cambio el vínculo que uno tiene con el animal; a mí me gusta estar atrás de las vacas”.
Lo que más le gusta del tambo y lo más difícil del verano
Rocío fue nominada en 2023, en la categoría Lechería, a los premios Lía Encalada de Mujeres de la Ruralidad Argentina. Cuando habla de su trabajo, destaca el gusto por estar cerca de los animales. “Lo que más me gusta es la parte de preparto y los terneros. El proceso que hace la vaca cuando las pasamos al preparto, ver cómo van bajando las ubres, cuando ya están por parir. Cuando las tamberas lean esto van a saber que es así”.
“Uno tiene vacas preferidas dentro del lote. Entonces, cuando sabés que van al preparto, las empezás a mirar y decís: ‘ojalá sea una ternera y que sea como ella’. Me gusta todo eso, desde el preparto hasta que nace el ternero”.
Con sinceridad, reconoce que “lo que menos me gusta es esta época del año: el verano. Sobre todo cuando hace mucho calor, llueve y al rato sale el sol. Los animales se meten en la sombra, hay barro, vienen embarradas. No me gusta estar renegando con las bicheras en los terneritos”.

Estudiar, superarse y crecer sin salir del campo
El tambo desafía el físico y también la mente. “Cuando algo te gusta y te apasiona, los límites se pueden vencer fácilmente. Durante la pandemia empecé a estudiar el profesorado en Lengua y Literatura. Como las clases eran online, me quedaba bien: hacía el tambo, volvía y me conectaba. Me iba muy bien, pero cuando pasaron a ser presenciales ya no pude, porque los horarios coincidían con el tambo de la tarde”.
“Entonces empecé a buscar carreras que pudiera hacer online. Encontré Psicología Social y la verdad es que me encanta”, dice ya recibida, aunque todavía sin ejercer y con proyectos pendientes.
“El que quiere, puede, y siempre encuentra el momento. El tambo tiene esa mala fama de que te absorbe la vida y no te deja hacer otra cosa, y eso no es cierto. El tambo te da la posibilidad de desarrollarte como persona en otras áreas”, señala, teniendo en cuenta la estabilidad económica que abre oportunidades.
“La vaca es tan noble… En esta época de calor, cuando se estresan, se ve el impacto en los litros del tanque. Pero aun así reflejan esa nobleza en la mansedumbre: les gusta dormir en la alfalfa sin empastarse, no son mañeras, se dejan cambiar de parcela con un chiflido, reconocen la voz, saben si no estamos bien. Las vacas son increíbles y, para mí, lo más hermoso que tiene el campo es el tambo”.
Complementando la mirada más estructurada y técnica de los hombres, en el tambo las mujeres aportan “algo del instinto maternal”.
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“El amor siempre encuentra una salida. Nosotras tomamos el tecnicismo del varón y le damos la parte suave, la parte maternal, la parte del cariño. Así se complementa el trabajo. Esta es una tarea difícil, cansadora y rutinaria, y si no hay amor no sé si se podría llevar adelante”.
Rocío reconoce todo el esfuerzo que implica, pero no duda: para ella, su trabajo “es hermoso. A mí me encanta. Yo me enamoré del tambo”.
