Investigaciones recientes proponen un cambio de paradigma en la nutrición bovina, con foco en la microbiota intestinal y su vínculo con el sistema inmune. Aditivos como levaduras, aceites ricos en omega 3 y extractos vegetales aparecen como herramientas clave para mejorar la sanidad y la eficiencia productiva del rodeo.
Investigadores del CONICET están impulsando un cambio de enfoque en la nutrición de los rodeos lecheros. La propuesta es pasar de una mirada centrada casi exclusivamente en el rumen a estrategias que prioricen la salud intestinal de los rumiantes adultos y del sistema inmunológico, con impacto en la eficiencia y en la producción.
En ese marco, el concepto de alimentos funcionales empieza a ganar lugar. Se trata de ingredientes o suplementos que, además de aportar nutrientes, generan efectos específicos sobre procesos biológicos, ya sea de forma directa o a través de una microbiota intestinal más saludable. En esa línea trabaja Alejandro Palladino, investigador del CONICET en la Fundación Instituto de la Leche.
En este contexto, junto a su equipo desarrollaron ensayos con aditivos como las levaduras y con aceites ricos en omega 3 para evaluar su impacto sobre la salud de los bovinos. En pruebas con aceite de lino lograron mejoras en el perfil sanguíneo y menores niveles de inflamación en momentos críticos.
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Detrás de estos desarrollos aparece el intestino como un órgano clave y, hasta hace poco, subestimado. Se trata de un campo de investigación reciente, con conocimiento generado principalmente en los últimos cinco años, que abre una nueva etapa para pensar dietas más sostenibles en sistemas lecheros.
Cambio de paradigma: del rumen al intestino
Durante años, Palladino concentró sus estudios en analizar cómo la alimentación impacta sobre las comunidades microbianas del rumen y cómo eso se vincula con la digestión y con las emisiones de gases de efecto invernadero, en particular el metano.

En la actualidad, el foco se desplazó hacia lo que ocurre en el intestino. El objetivo es comprender cómo la dieta incide en la salud animal, especialmente en las respuestas del sistema inmune. Se trata de un cambio de enfoque novedoso. “Históricamente, cuando nos referíamos a la nutrición de un rumiante, siempre pensábamos en no dañar el rumen. Pero vemos que, cuando aparecen daños visibles en ese órgano, el intestino ya viene afectado desde hace tiempo”, explicó a AIRE Agro.
“El intestino es más sensible que el rumen”, advirtió. Allí puede desarrollarse el síndrome de intestino permeable o leaky gut. Cuando los microorganismos presentan una composición no saludable, comienzan a deteriorar la pared intestinal y, al ingresar al organismo, desencadenan una respuesta inflamatoria que activa el sistema inmune.
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El problema es doble: afecta tanto a la salud como a la producción, porque los recursos del animal son limitados. Si una vaca utiliza glucosa para sostener el sistema inmune frente a una inflamación, ese recurso deja de estar disponible para la producción de leche.
Además, como la alimentación es un estímulo diario, los errores en la dieta refuerzan ese proceso y, con el tiempo, esa inflamación local puede volverse sistémica, favorecer el ingreso de bacterias y generar un agotamiento progresivo de las defensas. “Cuando un animal muere de una neumonía, el desarrollo de esa enfermedad podría estar vinculado con una baja en las defensas”, planteó.
Alimentos funcionales
Frente a este problema, ¿se plantea la alternativa de usar alimentos funcionales, como en humanos? “Conceptualmente es lo mismo”, afirmó el especialista en nutrición animal, aunque aclaró que existen distintas vías. Por un lado, los omega 3 se absorben y, cuando esa molécula actúa sobre un proceso inflamatorio o sobre funciones reproductivas, tiene un efecto per se. “Es un alimento funcional”, señaló.
También existe una vía indirecta, mediada por los microorganismos. Se trata de utilizar una alimentación que favorezca el crecimiento de microorganismos saludables o que mejore el metabolismo de los que ya están presentes en el animal. “¿Qué significa eso? Que los productos intermedios y finales de la digestión de esos microorganismos, al ser absorbidos por el intestino, producen una respuesta funcional”, explicó.
Hasta ahora, el investigador analizó las poblaciones microbianas y las correlacionó con parámetros sanguíneos y productivos. En un ensayo realizado en sistemas de engorde a corral, utilizaron un aditivo —un extracto flavonoide obtenido de cítricos— y observaron cambios intestinales asociados a una flora microbiana más saludable. Los animales que recibieron el aditivo mejoraron indicadores vinculados con la inflamación y la salud hepática.

En paralelo, buscaron alternativas al uso de almidón, que históricamente se utilizó para aumentar la producción, con el riesgo de provocar acidosis ruminal. “Detrás de la acidosis también aparece la posibilidad de que las vacas contraigan otras enfermedades por tener el sistema inmune agotado”, advirtió.
En sus ensayos, cuando incorporaron dietas con menor contenido de almidón y mayor proporción de carbohidratos fibrosos fermentescibles, observaron que las producciones de leche se mantenían altas en el tiempo. Según explicó, al llegar menos almidón al intestino, se favorece una flora microbiana más saludable. Se trata de un cambio más estructural en la dieta, no necesariamente de la incorporación de un aditivo específico.
El año pasado también realizaron un ensayo con suplementación de omega 3, utilizando aceite de lino en comparación con aceite de girasol. Actualmente están finalizando el análisis de las muestras. “Tenemos muy buenos resultados en el perfil sanguíneo y vamos a empezar a analizar los microorganismos en el intestino”, indicó.
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Los omega 3 poseen propiedades antiinflamatorias. Durante el período del periparto, las vacas suplementadas mostraron menores niveles de inflamación, con impacto no solo en los indicadores inflamatorios, sino también en variables productivas. Ahora resta determinar qué rol desempeñaron los microorganismos intestinales: si el efecto fue directo del omega 3 absorbido o si también hubo modificaciones a nivel intestinal.
Insumos disponibles
¿Hay algo de todo este enfoque que ya esté al alcance de los productores? Desde el punto de vista comercial, hoy existen numerosos aditivos con potencial, aunque en muchos casos todavía no se conoce con precisión cómo actúan.

“Comercialmente hay muchos aditivos interesantes, pero es probable que ni el fabricante lo sepa”, señaló. En ese sentido, mencionó investigaciones realizadas junto con empresas productoras de levaduras, donde demostraron que esos productos tienen efectos tanto en el rumen como en el intestino. “Las levaduras que se venden para el rumen también actúan en el intestino, incluso en animales adultos”, indicó.
A partir de esos resultados, planteó que buena parte de las mejoras en salud que las empresas atribuyen al control del pH ruminal podrían explicarse por un impacto sobre el metabolismo intestinal. “Es muy probable que toda la mejora de salud que se le atribuye a las levaduras esté viniendo por ese lado. Ya hay pruebas”, aseguró.
El órgano olvidado
¿Este enfoque implica que, a futuro, deberían modificarse las dietas? Para el investigador, el cambio no será inmediato. “No sé cuánto van a cambiar las dietas o cuánto deberían cambiar”, aclaró. Sin embargo, consideró necesario empezar a incorporar el componente de salud intestinal en rumiantes adultos. Se trata de un campo de investigación reciente, con desarrollos concentrados en los últimos cinco años. “Es algo nuevo para la industria lechera”, señaló.
En ese contexto, definió al intestino como el órgano olvidado del rumiante. “Creo que, a futuro, tenemos que tener en cuenta que el intestino es un órgano fundamental para la absorción de nutrientes”, afirmó. Mucho de lo que se hace a ese nivel está vinculado con sostener una buena salud, que en el tiempo permite mantener altos niveles productivos.
“El mensaje es: si cuido el intestino, no es que voy a tener más producción de leche mañana, pero me va a permitir sostenerla por largos períodos”, advirtió. A su entender, las dietas agresivas pueden generar saltos productivos rápidos, pero también elevan el riesgo de dañar el intestino. En cambio, cuando se formula la dieta considerando la salud intestinal, el camino puede ser más largo, pero más sostenible.

Para ilustrar su importancia, Palladino destacó la magnitud de este órgano: “Si desplegás el intestino, tiene el tamaño de una cancha de básquet”. Es el principal sitio de absorción de nutrientes y también una de las principales vías de ingreso de microorganismos. “La permeabilidad es selectiva, pero en algún momento se te puede escapar la tortuga si no hacés todo bien”, advirtió. Por eso, desde el punto de vista sanitario, consideró imprescindible cuidar el intestino.
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Además, subrayó su rol en la comunicación con otros sistemas del organismo. “El intestino es el segundo cerebro”, sostuvo. La cantidad de neuronas que posee solo es superada por el cerebro. En ese entramado, los microorganismos cumplen un papel central.
Se trata de un cross talk, una conversación permanente entre la microbiota y la pared intestinal, que regula múltiples procesos. “Está probado que, por ejemplo, la composición de los microorganismos en el intestino humano puede influir en el nivel de ansiedad, en la capacidad cognitiva y en enfermedades mentales”, señaló, como referencia del impacto que también investiga en rumiantes.
