La Plataforma IPBES, el principal organismo científico internacional que asesora a los gobiernos, difundió un informe elaborado por 101 especialistas de 42 países donde advierte sobre la necesidad de frenar la pérdida de biodiversidad.
El agro enfrenta un desafío cada vez más evidente: sostener la productividad sin deteriorar los ecosistemas de los que depende. Suelos fértiles, polinizadores, control biológico de plagas, regulación hídrica y estabilidad climática son procesos ecológicos que sostienen la producción de alimentos y que dependen directamente de la biodiversidad.
En los últimos años, estudios científicos advierten que la pérdida acelerada de biodiversidad puede afectar el funcionamiento de los sistemas productivos y comprometer su resiliencia frente a eventos climáticos, plagas o enfermedades. Según evaluaciones globales, más del 75% de la superficie terrestre del planeta ya fue transformada por actividades humanas, principalmente por la expansión agrícola, urbana e industrial. Además, alrededor de un millón de especies se encuentran hoy en riesgo de extinción, lo que convierte a la pérdida de biodiversidad en una de las crisis ambientales más importantes de la actualidad.
En este contexto, un equipo internacional de investigadores encabezado por Lucas Garibaldi, investigador del CONICET y profesor en la Universidad Nacional de Río Negro, donde dirige el Instituto de Investigaciones en Recursos Naturales, Agroecología y Desarrollo Rural (IRNAD), publicó recientemente el artículo “Cambio transformador hacia un mundo justo y sostenible” en la revista científica Ecología Austral.
El trabajo sintetiza la evaluación global sobre cambio transformador elaborada por la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES), el principal organismo científico internacional que asesora a los gobiernos en temas de biodiversidad y servicios ecosistémicos. La plataforma reúne a 147 Estados miembros y sus evaluaciones son elaboradas por equipos internacionales de especialistas que analizan miles de estudios científicos para orientar decisiones de política pública. En este caso, la evaluación fue elaborada por 101 especialistas de 42 países, que trabajaron durante tres años y revisaron más de 7000 investigaciones científicas sobre biodiversidad y sostenibilidad.

Uno de los principales hallazgos de ese proceso es que muchas de las estrategias actuales para enfrentar la crisis ambiental no están logrando los resultados esperados. “Los enfoques actuales para frenar la pérdida de biodiversidad y el colapso de funciones y servicios ecosistémicos esenciales no han alcanzado los objetivos propuestos”, advierte el artículo.
Según los investigadores, esto ocurre porque gran parte de las políticas y acciones se concentran en mitigar los síntomas del problema, pero no en modificar las causas profundas que lo generan. Por eso el informe propone avanzar hacia lo que denomina cambio transformador, definido como “una transformación deliberada, profunda y sistémica en las perspectivas, las estructuras y las prácticas que aborda las causas subyacentes de la pérdida de biodiversidad”.
Comprender las causas profundas de la crisis
Uno de los aportes centrales del trabajo es explicar que la pérdida de biodiversidad no responde a una única causa, sino a una combinación de factores que operan en distintos niveles. En el plano más visible aparecen las causas directas, que incluyen actividades humanas con impacto inmediato sobre los ecosistemas, como el cambio de uso del suelo, la sobreexplotación de especies, la contaminación, el cambio climático o la introducción de especies exóticas invasoras.
Detrás de ellas se encuentran las causas indirectas, vinculadas a los sistemas económicos, tecnológicos e institucionales que influyen en las decisiones productivas. Políticas públicas, mercados, subsidios, sistemas financieros o marcos regulatorios pueden incentivar determinados usos del territorio y de los recursos naturales.
Pero el nivel más profundo corresponde a las causas subyacentes, que remiten a patrones culturales y sociales arraigados. Entre ellas se destacan “la desconexión y dominación de las personas sobre la naturaleza, la concentración de poder y riqueza, y la priorización de beneficios individuales, materiales y de corto plazo”. Estas dinámicas influyen sobre los sistemas económicos y políticos que terminan moldeando las prácticas productivas.
Por eso el informe advierte que intervenir únicamente sobre los impactos visibles no alcanza para revertir la crisis. “Para lograr una transformación efectiva no basta con intervenir sobre las causas directas o realizar ajustes superficiales en las indirectas. Es necesario transformar las causas subyacentes”, señalan los investigadores.
Este enfoque propone mirar la crisis ambiental desde una perspectiva sistémica. En lugar de tratar cada problema de forma aislada, plantea analizar cómo interactúan los sistemas productivos, los marcos institucionales, las relaciones de poder y las visiones culturales que orientan las decisiones.

Estrategias para impulsar el cambio
A partir del análisis de experiencias en distintas regiones del mundo, la evaluación de IPBES identifica cinco estrategias complementarias que pueden facilitar procesos de cambio transformador.
Una de ellas consiste en conservar y regenerar ecosistemas valiosos para las personas y la naturaleza, mediante acciones como la restauración ecológica, la planificación territorial participativa o el fortalecimiento de la gobernanza local.
Otra estrategia propone transformar los sectores económicos de mayor impacto ambiental, entre ellos la agricultura, la pesca, la energía o la minería. Esto implica revisar subsidios perjudiciales para la biodiversidad, incorporar tecnologías más sostenibles y promover regulaciones que favorezcan prácticas productivas más resilientes.
En sistemas agrícolas, la biodiversidad cumple funciones clave. A escala global, alrededor del 75% de los cultivos alimentarios dependen en alguna medida de la polinización animal, mientras que numerosos organismos del suelo sostienen procesos fundamentales como la fertilidad y el reciclado de nutrientes.
También se plantea la necesidad de reorientar los sistemas económicos y financieros, incorporando indicadores que reflejen no solo crecimiento económico sino también bienestar social y salud de los ecosistemas.
Una cuarta línea apunta a transformar los sistemas de gobernanza, promoviendo procesos de toma de decisiones más inclusivos, participativos y transparentes. Por último, la evaluación destaca la importancia de cambiar visiones y valores dominantes, cuestionando la idea de la naturaleza como un simple recurso al servicio del crecimiento económico.
Experiencias que muestran caminos posibles
El trabajo analiza además distintos ejemplos que muestran cómo estos procesos pueden desarrollarse en la práctica. Uno de ellos es la reserva marina de interés pesquero Os Miñarzos, en Galicia, España, donde pescadores, científicos y autoridades locales impulsaron un sistema de cogestión para recuperar poblaciones de peces y mejorar la sustentabilidad de la actividad.
Según el artículo, este caso muestra que las transformaciones pueden surgir a partir de iniciativas locales capaces de modificar simultáneamente percepciones sociales, reglas institucionales y prácticas productivas. “La acción local puede modificar perspectivas, estructuras y prácticas, generando impactos sostenibles”, destacan los autores.
En América Latina también existen experiencias que muestran cómo estos cambios pueden materializarse en sistemas productivos. En distintas regiones de Argentina, Brasil y México se desarrollan iniciativas que integran producción y conservación mediante paisajes agrícolas más diversos, restauración de hábitats naturales y manejo ecológico de cultivos.
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En Argentina, por ejemplo, diversos estudios liderados por el propio Garibaldi mostraron que mantener parches de vegetación natural en los paisajes agrícolas puede mejorar la polinización de los cultivos y aumentar los rendimientos, al favorecer poblaciones de insectos polinizadores y enemigos naturales de plagas. En la región pampeana, investigaciones recientes indican que los campos ubicados cerca de ambientes naturales o seminaturales pueden recibir mayores servicios de polinización en cultivos como girasol o colza, lo que demuestra que la biodiversidad también puede contribuir directamente a la productividad agrícola.
Frente a la magnitud del desafío, el informe concluye que avanzar hacia sistemas productivos más sostenibles requiere transformaciones profundas en la forma en que las sociedades producen, consumen y se organizan. “Frente a la magnitud y la urgencia de la crisis de biodiversidad, el cambio transformador es una opción deseable y una necesidad ineludible”, concluyen los investigadores.
