Las estimaciones anticipan unos 300 milímetros más de lluvia que los habituales en la región central del país durante la primavera y el verano. El especialista Rubén Tosolini repasa las medidas fundamentales para prevenir anegamientos y mejorar el aprovechamiento del agua.
El fenómeno de El Niño vuelve a poner en alerta a la región productiva central del país y ya comenzó a dar las primeras señales de su influencia, con temperaturas irregulares y una persistente inestabilidad climática.
Las lluvias previstas para los próximos meses obligan a los productores a repensar sus estrategias de manejo del agua dentro de los lotes, un recurso que puede convertirse en aliado o en amenaza según cómo se lo gestione.
Rubén Tosolini, geólogo y especialista en manejo hídrico del INTA Rafaela, advierte que la clave está en las decisiones que se toman “tranqueras adentro”, en el día a día de cada establecimiento. “El productor tiene que hacer lo que puede y uno de los temas fundamentales es sentarse con su asesor técnico para elaborar estrategias de cultivos que consuman agua”, señala.
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El especialista estima que las precipitaciones podrían oscilar entre los 1.000 y los 1.300 milímetros en el balance anual, muy por encima de los 900 milímetros habituales.

Manejo del agua: por dónde empezar en cada campo
La primera línea de acción es la infraestructura interna. Los caminos bien abovedados, los tubos limpios y el cuidado especial de las lagunas de efluentes de los tambos son aspectos críticos para evitar riesgos de contaminación y asegurar que el agua circule sin generar daños.
Tosolini también insiste en la necesidad de medir y monitorear el nivel freático para conocer la capacidad de absorción de cada campo. “Si no medimos, no sabemos. Puede ser que el campo tenga respaldo para absorber un volumen importante de agua o no. Esa información es clave para decidir”, explica.
El estado físico de los suelos aparece como otro eje central. La compactación y la pérdida de fertilidad física limitan la infiltración y favorecen el escurrimiento superficial. “Un animal de 500 kilos con cuatro patas está ejerciendo una presión muy importante sobre nuestro suelo, y eso lo estamos observando tanto en agricultura como en ganadería”, advierte.
Como consecuencia, grandes volúmenes de agua no logran infiltrarse en el suelo en tiempo y forma, lo que agrava los problemas de anegamiento y erosión.

El volumen de las lluvias y los riesgos de anegamiento
Para dimensionar la magnitud del desafío, Tosolini recurre a una imagen contundente. “Si a mí me cae en un campo de 100 hectáreas, 100 milímetros de lluvia, estoy hablando de un volumen equivalente a más de dos mil doscientos camiones cisterna descargando agua”, describe.
Ese volumen debe infiltrarse y quedar almacenado en el suelo. De lo contrario, el excedente escurre hacia la cuenca, donde entran en juego los comités y las autoridades locales para gestionar caudales difíciles de manejar en zonas de llanura, sin pendientes pronunciadas ni cauces naturales.
En esos escenarios, la gestión se vuelve más compleja y requiere coordinación institucional. Si bien se están desarrollando acciones a escala regional, el especialista advierte que los esfuerzos parecen insuficientes frente a años de falta de mantenimiento y de obras, además de la escasa sanción de trabajos irregulares realizados deliberadamente en determinados sectores.
Rotación de cultivos: cómo favorecer el consumo de agua
La estrategia técnica se completa con la rotación de cultivos. El aporte de raíces y materia orgánica favorece la estructura del suelo y contribuye a mejorar el aprovechamiento del agua. “Hablar de fertilidad física requiere paciencia, porque los resultados se ven en varios años. Pero si logramos rotaciones adecuadas, evitamos que el suelo quede desnudo y conseguimos un consumo importante de agua”, sostiene.
En contraposición, Tosolini advierte sobre los riesgos de los monocultivos, como la soja sobre soja, que consumen entre 600 y 700 milímetros de agua y pueden dejar excedentes capaces de provocar anegamientos o sobrecargar las napas. “Si me caen 1.200 milímetros y tengo solo soja, el excedente va a la napa o al acuífero, y si está muy cerca de la superficie, me va a producir anegamiento”, explica.

Previsión y paciencia para enfrentar un período de excesos hídricos
Durante años, Tosolini promovió el manejo y la cosecha de agua, junto con la importancia de contar con diagnósticos y bebederos en las parcelas. Ahora, ante la llegada de un fenómeno que podría elevar las precipitaciones por encima de los promedios habituales, pone el foco en las tareas de prevención.
La recomendación es anticiparse y diseñar estrategias de manejo que permitan que el agua se infiltre y se aproveche, además de sostener prácticas que necesitan tiempo para mostrar resultados.
Tosolini insiste en que la gestión hídrica no es solo un desafío inmediato, sino una construcción de largo plazo que involucra tanto las decisiones individuales como la coordinación institucional. “Seguramente vamos a llegar a un período de mucha agua. Eso va a requerir paciencia y previsión. Dos cuestiones fundamentales”, resume.
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En un escenario de mayor variabilidad climática, el desafío para los productores es reducir los riesgos de los excesos hídricos mediante decisiones que mejoren la capacidad de los suelos para absorber y aprovechar el agua, sin perder de vista la planificación a largo plazo.
