Agromandriles: un toque de atención para educar en la filosofía libertaria a los argentinos con problemas de comprensión.
Esta semana, el ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger, afirmó que los argentinos que vacacionan en el exterior son “héroes de la producción” porque, al demandar una gran cantidad de dólares, permiten que el tipo de cambio no se aprecie en exceso.
“La demanda de divisas de nuestros veraneantes es lo que sostiene la competitividad del agro, de la industria y de la exportación de servicios. Por eso, cada argentino que veranea en Brasil o en otro país ayuda a sostener la capacidad exportadora del país”, aseguró Sturzenegger.
El comentario —en pleno inicio del período vacacional— no cayó nada bien, porque el país está repleto de gente envidiosa que no solo no puede viajar al exterior, sino que además no comprende la importancia cultural de ese fenómeno.
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Cada argentino que viaja al exterior es un embajador que lleva consigo sus costumbres y promueve así el consumo de productos locales —la yerba mate es un ejemplo claro de ese fenómeno—, además de promocionar la imagen del país y generar, muchas veces, el deseo irresistible de visitarlo. Más que un placer, podría decirse que se trata de un servicio a la Nación.
Por lo tanto, si el déficit cambiario del sector turístico argentino fue en 2025 de casi 7.000 millones de dólares, se trata de una cuestión anecdótica que solo puede formar parte de conversaciones propias de personajes resentidos y celosos del éxito de la gestión libertaria, que incluye, como no podría ser de otra manera, la libertad de viajar para aquellos que generaron la riqueza suficiente para poder hacerlo.
Con gran pesar tengo que decir que muchos de los comentarios despectivos hacia el ministro desregulador provinieron del sector agropecuario, sin advertir que eso equivale a escupir hacia arriba. Pobre gente: ni siquiera logra advertirlo.
La restricción de divisas generada por los “héroes” fue lo que permitió, en un momento de iluminación del equipo económico libertario, implementar el régimen de suspensión temporaria de derechos de exportación, por medio del cual el valor de la soja en el mercado argentino se recuperó de manera notable.
A cambio del adelanto de 7.000 millones de dólares por parte de las compañías agroexportadoras, el Gobierno habilitó durante tres gloriosos días la posibilidad de registrar embarques libres de retenciones, y los productores de soja pudieron así acceder a precios muy superiores a los que habían presupuestado al momento de planificar el cultivo de la oleaginosa.
Sin ese acto “heroico”, quizás no habría habido necesidad de implementar el régimen y, actualmente, el valor de la soja sería de apenas 300 dólares por tonelada. Desagradecidos.
Si fuesen más inteligentes —no se le puede pedir peras al olmo— comprenderían que una salida masiva de divisas para financiar viajes al exterior de embajadores argentinos durante este verano podría luego derivar en un nuevo régimen de suspensión temporaria de derechos de exportación para promover otro jubileo tributario. En lugar de enojarse al vislumbrar aeropuertos repletos de personas, ¡deberían alegrarse!
Antes de criticar sin fundamento a los funcionarios que están dándolo todo para gestar la batalla cultural —y que, por supuesto, merecen descansar en el exterior para recargar energías—, es conveniente reflexionar para no caer en actitudes propias de mandriles.
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El propio ministro Sturzenegger es un auténtico “héroe desregulador” que dedicó miles de horas al estudio del enjambre normativo argentino para comenzar a desarmar el accionar de la máquina de impedir del Estado, cuyas únicas tareas indelegables deberían ser la seguridad, la salud y la gestión de las divisas de los argentinos a través del Banco Central (BCRA), hasta que la población alcance un nivel educativo óptimo mínimo. Tenemos una tarea titánica por delante para lograr esa meta.
Recuerden todos los argentinos que tienen pleno acceso al Mercado Único y Libre de Cambios (MULC) gracias a una concesión del líder y que lo que les sobra del salario, en lugar de gastarlo en paparruchadas, pueden destinarlo a comprar dólares y transformarse en auténticos héroes. ¡Viva la libertad, carajo!


