Agromandriles: un toque de atención para educar en la filosofía libertaria a los argentinos con problemas de comprensión.
Con gran desolación esta semana descubrí que en redes sociales muchos integrantes de la comunidad agropecuaria en Argentina se enojaron con la pastora evangélica y senadora nacional Nadia Judith Márquez por el hecho de haber compartido una noticia que hace referencia a la recomposición del poder de compra de la Asignación Universal por Hijo (AUH).
El poder adquisitivo de los consumidores argentinos que perciben la AUH se duplicó durante los dos primeros años de la gestión del líder Javier Milei, según consignó con presteza y sentido de la oportunidad el economista Nadin Argarañaz.
Esa magnífica noticia, replicada por la pastora senadora, fue motivo de un inexplicable ensañamiento, en el cual se multiplicaron los comentarios negativos sobre los “vagos planeros” que reciben la ayuda para que puedan hacer un uso pleno de la libertad de consumir. La libertad, queridos amigos, es para todos; no sólo para algunos.
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Si tal recomposición se hubiese realizado en el sector de los empleados públicos, la salida de turistas hacia Chile, Uruguay y Brasil se habría multiplicado este verano en detrimento del turismo nacional. Una desgracia.
En el caso de los trabajadores formales del sector privado, además de los viajes al exterior, toda recomposición salarial va a parar a la compra de dólares, conspirando así contra el proceso de recomposición de reservas internacionales del Banco Central (BCRA).
En cambio, ¿qué hacen los millones de ciudadanos que cobran la AUH junto con las demás ayudas sociales? Compran lácteos, carne y pan, lo que implica que contribuyen a sostener el precio interno de la leche, la hacienda y el trigo.
De hecho, gran parte de la bonanza experimentada por la lechería y la ganadería argentina en los últimos tiempos se explica por ese motivo. Algunos influencers del agro ofrecen explicaciones técnicas sobre ese fenómeno que confunden a la población y no se ajustan a la realidad de los hechos. Por favor, no crean en teorías conspirativas.
Los planes sociales son parte de la estrategia del líder para consolidar la sostenibilidad del negocio agropecuario. Se trata de un compromiso presente, pero también futuro. Si millones de argentinos de clase media no se pueden adaptar al exitoso proceso de transformación económica y caen en la pobreza, pasarán a cobrar planes y eso fomentará el consumo de alimentos, alimentando así el círculo virtuoso de la medida.
Nunca faltan los mandriles que, a pesar de contar con evidencia fidedigna sobre los fundamentos de tal política, seguirán sosteniendo que se trata de una locura financiar la “vagancia”. No saben, pobrecitos, que más de dos tercios del presupuesto anual del Departamento de Agricultura de EE.UU. (USDA por sus siglas en inglés) se emplean en ayudas alimentarias.
Los integrantes del campo deberían alegrarse. Ojalá que en los próximos años, junto con la progresiva reducción de los derechos de exportación –un gran regalo del líder–, siga creciendo el volumen de fondos públicos destinados a las ayudas sociales.
No se trata, por cierto, de regalar pescado, sino de enseñar a pescar. Pero para eso antes es necesario tener el estómago lleno y contar con dinero suficiente para comprar la caña, carrete, sedal y anzuelos, además de señuelos, plomos, boyas y otras herramientas indispensables para poder llevar a cabo esa tarea.
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Contar con una base electoral contenta y libre de caudillos redistribuidores de planes, que durante el régimen “kuka” arreaban a los beneficiarios de las asignaciones como si fuesen ganado, representa una política crucial para poder sostener el proceso de reconversión durante dos o tres décadas, período indispensable para poder concretar el cambio cultural. No bajemos los brazos ¡Viva la libertad, carajo!


