Un desarrollo científico-tecnológico santafesino permite aprovechar un subproducto de bajo valor comercial y convertirlo en un insumo industrial de alta pureza y múltiples aplicaciones. La iniciativa abre una oportunidad concreta para mejorar la competitividad y la sustentabilidad de la producción arrocera santafesina.
Con el aprovechamiento de un residuo abundante de la producción arrocera, investigadores de la Universidad Nacional del Litoral (UNL) lograron desarrollar un nanomaterial de alto valor agregado a base de sílice, abriendo una oportunidad concreta para fortalecer la cadena productiva del arroz en el centro-norte santafesino.
El desarrollo permite transformar la cáscara del cereal —hoy subproducto de bajo precio— en una materia prima con múltiples aplicaciones industriales, con impacto directo en una actividad característica de los departamentos Garay y San Javier.
La producción de arroz genera un volumen significativo de residuos: por cada kilo de grano cosechado se obtienen alrededor de 200 gramos de cáscara. Históricamente, ese material tuvo un destino limitado, principalmente como cama para la industria avícola y a muy bajo valor.
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Sin embargo, un trabajo sostenido desde el sistema científico-tecnológico local permitió demostrar que esa cáscara puede convertirse en dióxido de silicio (SiO₂) de alta pureza, un insumo ampliamente demandado por distintas industrias.

Un residuo del arroz que puede convertirse en insumo industrial
El desarrollo es impulsado desde hace años por un grupo de investigación de la Facultad de Ingeniería Química de la UNL (FIQ-UNL) y del Instituto de Investigaciones en Catálisis y Petroquímica (INCAPE, UNL–Conicet), con la participación de especialistas del Instituto de Desarrollo y Diseño (INGAR, UTN–Conicet). A partir de procesos simples, basados en una secuencia de lavados y un tratamiento térmico, lograron obtener sílice con una pureza superior al 98%.
“Se trata de un proceso viable, ambientalmente amigable y con un rendimiento muy interesante”, explicó Betina Faroldi, investigadora de la FIQ-UNL. Según detalló, de los 200 gramos de cáscara generados por kilo de arroz es posible obtener unos 40 gramos de dióxido de silicio, lo que implica un aprovechamiento global cercano al 20% del residuo inicial. “Esto convierte a la cáscara en un recurso estratégico para la región”, señaló.
El salto del laboratorio al territorio productivo se dio a través de la articulación con Risiera SRL, una de las principales arroceras de la provincia, radicada en San Javier. Para la empresa, el desarrollo significó no solo incorporar un nuevo producto, sino también estabilizar procesos y avanzar en el escalado industrial. “Pudimos pasar de la idea al producto, con una producción constante y parámetros de calidad que cumplen con las exigencias del mercado”, afirmó Pablo Bode, socio gerente de la firma.
En la misma línea, Federico Mounier, ingeniero químico, graduado de la UNL y socio de la empresa, destacó el potencial de crecimiento: “El desafío ahora es aumentar los volúmenes para abastecer un mercado muy amplio, donde este tipo de sílice tiene una demanda sostenida”.

Aplicaciones industriales y potencial de mercado del nuevo material
El impacto del proyecto trasciende lo tecnológico. Para la cadena arrocera, representa una alternativa concreta para agregar valor en origen, diversificar ingresos y reducir el impacto ambiental de un residuo que se genera a gran escala. En una zona donde el arroz es un cultivo identitario —como ocurre en Garay y San Javier—, la posibilidad de transformar un subproducto en insumo industrial refuerza la competitividad regional.
Desde la UNL, el proyecto es leído como un caso emblemático de vinculación entre ciencia y producción. “Es un ejemplo claro de graduados que regresan a su lugar de origen, emprenden y vuelven a la universidad en busca de conocimiento para mejorar procesos, disminuir el impacto ambiental y generar empleo calificado”, destacó Lucas Bruera, secretario de Relaciones con el Medio de la FIQ.
El dióxido de silicio obtenido a partir de cáscara de arroz tiene múltiples aplicaciones: se utiliza en alimentos como antiaglomerante, en la industria farmacéutica como excipiente, y en sectores como cerámicos, pinturas, vidrios, cosmética y recubrimientos. Su versatilidad y demanda lo convierten en un producto con valor comercial sostenido.

Financiamiento público y desarrollo tecnológico regional
El camino hasta llegar a esta instancia incluyó distintas etapas de financiamiento público. Desde 2020, el equipo desarrolló una planta piloto para el escalado del proceso y, más recientemente, una tecnología que permite utilizar la propia cáscara como combustible en la producción de sílice. Estos avances fueron financiados a través de la línea SF Innovar de la Agencia Santafesina de Ciencia, Tecnología e Innovación, además de un proyecto del Programa de Investigación y Desarrollo Orientado a Problemas Sociales y Productivos de la UNL.
En los equipos de trabajo participaron investigadores y profesionales del INCAPE —Laura Cornaglia, Betina Faroldi, Carlos López Vargas, Carlos Imbachí, Santiago Tomasini, María Aneley Paviotti y Rodrigo Torra— y del INGAR —Pío Aguirre e Ignacio Schmidhalter—, consolidando un desarrollo que combina conocimiento local, producción agroindustrial y agregado de valor en origen.
