Agromandriles: un toque de atención para educar en la filosofía libertaria a los argentinos con problemas de comprensión.
No se dejen encandilar por el Mercosur. Ha llegado el momento de hablar sobre una política “industricida” emprendida por el gobierno comunista de Luiz Inácio Lula da Silva, por medio de la cual se está realizando un gran daño a la Argentina.
Mientras que la Argentina mantiene un saludable corte obligatorio de biodiésel con gasoil del 7,5% –que muchas veces ni siquiera se cumple–, Brasil ya cuenta con una mezcla a nivel nacional del 15% y quiere ir, irresponsablemente, por más.
Si bien en EE.UU. se fomenta el uso de biodiésel en el mercado interno con un régimen sustancioso de incentivos, allí el presidente Donald Trump necesita asegurar la soberanía energética en el marco de la batalla cultural que está dando en su propio territorio, la cual se combina con el desafío geopolítico que tiene con China y la caprichosa negativa de los europeos para desprenderse de Groenlandia.
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En Brasil, en cambio, no existe razón alguna para implementar una medida de tales características, salvo molestar a la Argentina y entorpecer la transformación cultural a escala planetaria que está emprendiendo el líder Javier Milei.
Los incentivos a la producción de biodiésel implementados en Brasil están contribuyendo a incrementar la producción de aceite de soja en ese país, que es el mayor insumo a partir del cual se elabora el biocombustible.
El problema es que, por cada tonelada adicional de aceite de soja que produce Brasil para abastecer a la industria local de biodiésel, se obtienen cuatro toneladas de harina que no tienen demanda interna y, por lo tanto, deben ser exportadas, lo que contribuye a deprimir el valor internacional de ese commodity, que es, precisamente, el principal producto de exportación de la Argentina.
Así nos vamos empobreciendo gracias a esa política nauseabunda que sería inviable en la Argentina, ya que el aceite de soja tiene que ser exportado en grandes volúmenes para poder cobrar derechos de exportación, recurso indispensable para financiar el proceso de transformación económico argentino y conseguir, cuando el “riesgo kuka” se dispara, préstamos de divisas de última instancia a través de suspensiones temporarias de retenciones.
Además, nos corre el tiempo, porque el acuerdo comercial Mercosur-Unión Europea, en una instancia de oscuro intervencionismo, dispone que en algunos años más la Argentina no podrá aplicar un derecho de exportación superior al 14% en productos del complejo oleaginoso. Considerando que la alícuota actual para el aceite de soja es del 22,5%, se trata de una afrenta fiscal significativa.
Con el abaratamiento de la harina de soja, producto de la indolente política de promoción al biodiésel en un país liderado por un comunista, se brinda mayor competitividad a la industria elaboradora de proteínas animales, lo que redunda en una mayor producción de carne e impulsa precios más bajos de esos alimentos; eso, obviamente, termina afectando a todo la región. Al final, regalamos todo nuestro esfuerzo.
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Por último, no menos importante, el corte obligatorio de biodiésel con gasoil conspira contra el negocio genuino de las compañías petroleras, que son obligadas a vender un producto foráneo mezclado con el propio. Terminemos con estas intervenciones delirantes, las cuales son contrarias al espíritu libertario, a menos, claro, que sean aplicadas de manera virtuosa, como la instrumentada por el líder con el tipo de cambio en el mercado argentino.
No menos importante: un mayor uso interno de biodiésel conspiraría contra el compromiso de equilibrio comercial que Milei asumió con Trump, ya que EE.UU. es el mayor proveedor de gasoil de la Argentina, que el año pasado importó ese combustible estadounidense por un monto de casi 600 millones de dólares. Tenemos que seguir haciendo buena letra para no recibir ningún arancelazo.
Confío en el hecho de que, cuando Brasil logre liberarse del socialismo y regrese a las manos de un gobierno encariñado con los valores de la civilización occidental, podrá finalmente poner fin a la locura de los biocombustibles y, quién sabe –si la suerte lo asiste– hasta implementar también derechos de exportación para consolidar así la batalla cultural. ¡Viva la libertad, carajo!


